Lo que pasó en las elecciones españolas vino a cambiar el bipartidismo, pero a la vez constató que el electorado prefiere las opciones moderadas a las radicales.

En un análisis previo a las elecciones en España, publicado en el diario El País, Elsa García de Blas y Juan José Mateo citaban la importancia del centro del espectro político para ganar las elecciones. Ahí es donde se encuentra la mayor parte del electorado: no en los extremos, ni de derecha ni de izquierda.

En realidad, la batalla por el centro es la que define no sólo las elecciones en España, sino en todas partes, salvo algunas sonadas excepciones. Los autores citados se referían a ese centro ideológico , como el espacio formado por quienes se sitúan en el número 5 de la escala ideológica, siendo 10 la extrema derecha y 0 la extrema izquierda . Por supuesto que el centro engloba no sólo al número 5, sino del 3 al 7: siempre y cuando no se acerquen las propuestas al cero o al 10.

El dominio del centro se había establecido en España desde hace décadas: sólo ganaban el Partido Popular (PP) o el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), los dos herederos de la transición española (con la sola excepción de una coalición llamada precisamente Unión del Centro Democrático, liderada por Adolfo Suárez, que fue el que gobernó después de la muerte del dictador). Pero ese enorme momento de diálogo que fue la transición, decantó a los dos partidos: uno heredero directamente del franquismo pero convertido en una agrupación moderna y presentable, y el otro, con más de 100 años de historia, transformado en una poderosa fuerza capaz de gobernar por la vía democrática, habiendo renunciado al marxismo y a sus ideas estatistas en su congreso de 1979. Por la genialidad política de Felipe González, de hecho, el PSOE se convirtió en el motor que llevó a España a la condición de país desarrollado.

Después vendría la alternancia y los gobiernos del PP, con un PSOE que pasó a ser oposición, pero con ambas organizaciones bien establecidas en el centro, sin perder por ello sus definiciones propias. Excluyendo, eso sí, los maximalismos y las líneas rojas

El centro político fue precisamente el espacio que le vino a disputar al Partido Popular el emergente Ciudadanos, de Albert Rivera, un jovencísimo catalán no secesionista que había observado un importante ascenso, tanto que se pensaba que podía llegar a convertir a su partido en la segunda fuerza política. Situado en la centroderecha, le restó naturalmente votos al PP. Aunque al final se desinfló, de todas formas se consolidó como el cuarto partido de España.

Del otro partido emergente, Podemos, no se puede decir que se sitúe en el centro: para algunos incluso forma parte de la ultraizquierda. Es el principal partido emergente que vino a menoscabar a los tradicionales, apoyándose en el movimiento de los indignados del M-15 y en algunas otras expresiones políticas antisistema. Podemos se inscribe en una tendencia de partidos contestatarios que empezaron a ascender en el contexto posterior a la Gran Recesión, caracterizado por la lenta recuperación económica, el desempleo, el concepto real o percibido de que todos los políticos utilizan el poder para enriquecerse, y la muy real y constatable corrupción. Algunos de estos partidos emergentes han llegado al poder y, en ese tránsito, se han tenido que despojar de sus radicalismos, quizá por el simple hecho de enfrentarse a la realidad (el caso emblemático es el de Syriza, el partido ultraizquierdista griego: Alexis Tsipras llegó prometiendo utopías justicieras y acabó, lógicamente, firmando lo que los acreedores le exigían).

Tanto Podemos como Ciudadanos llegaron a ser lo que son hoy, la tercera y cuarta fuerzas de España, por su frescura, su rechazo a los formalismos y su cercanía con el ciudadano de a pie. Pero, ¿basta con eso para gobernar a un país? Quizá no, pero todo ello no puede sino ser aire fresco para una democracia como la española. Lo mismo sucede con otras organizaciones emergentes que han venido a disputar escaños a los partidos tradicionales en otros países, siempre y cuando no sean de ideologías extremistas, como el Ukip de Inglaterra, Aurora Dorada de Grecia o Pegida de Alemania.

Efectivamente, el fenómeno de los newcomers , partidos construidos con cuadros que no forman parte de la desprestigiada clase política, no siempre es algo positivo. Incluso en países de tradición democrática tan firme como Francia o Estados Unidos, partidos o candidatos alternativos están corrompiendo el debate público. En el primer caso, el ultraderechista y otrora filonazi Frente Nacional se ha convertido nada menos que en ¡la primera fuerza política en algunas regiones!, después de las elecciones de noviembre, borrando al Partido Socialista de François Hollande y superando también a la derecha civilizada. En el segundo caso, un independiente ha llegado para cambiar la política estadounidense, por todas las peores razones posibles: Donald Trump.

Afortunadamente en España no existe ningún partido ultraderechista como el Frente Nacional. Y tampoco se puede decir que exista uno de ultraizquierda, dado que Podemos moderó su discurso desde hace casi un año, cuando se deslindó de su dirigente más extremista, Juan Carlos Monedero, quien evadió impuestos luego de cobrar nutridas sumas a gobiernos bolivarianos. Aunque, ciertamente, Pablo Iglesias, el profesor de coleta adolescente y sonrisa afable que lidera el partido, nunca ha explicado del todo su admiración por el régimen de Nicolás Maduro, que viola ostentosamente los derechos humanos. Iglesias tiene el nada apreciable récord de votar en el Parlamento Europeo en contra de la resolución que solicitó la liberación de los presos políticos en Venezuela.

Con todo, ha tenido que atemperar su radicalismo en un país con infinidad de opiniones y fuerzas democráticas, como es España. Es cierto que al llegar Podemos a la tercera fuerza corre un poco toda la política hacia la izquierda no centrista, pero también es verdad que el pasado domingo los tres partidos ubicados en el centro ideológico se llevaron la gran mayoría de los votos: 253, contra los 69 de Podemos (al menos 25 de esos 69 se explican por coaliciones regionales).

Como el PP no alcanzó la mayoría absoluta para formar gobierno por sí solo, deberá pactar con Ciudadanos, si este partido se presta para ello, aunque ni siquiera así puede alcanzar el número que necesita. Requiere que el PSOE, dirigido por Pedro Sánchez, decida formar una gran coalición Izquierda-Derecha con él, como sucede en Alemania y en otros 12 países europeos.

Otra opción es que suceda lo mismo que en Portugal, en donde ganó la derecha pero no tuvo los apoyos suficientes para formar gobierno, por lo que cedió el paso a la unión de partidos de izquierda, que son los que actualmente ostentan el poder en Lisboa. En este caso se podrían unir el PSOE y Podemos, siempre y cuando el primero acepte las muchas condiciones que le pone el segundo, como promover un referéndum para la cuestión catalana. Aún así, el PSOE debería unirse con toda la diversidad de partidos pequeños, regionales y hasta uno que representa el nacionalismo vasco separatista.

El rey jugará en este proceso un papel importante, y España se tendrá que acostumbrar a los gobiernos de coalición, tan frecuentes en otros países. Falta mucho para saber qué es lo que sucederá en ese país, pero ya sea que gobierne la derecha, la izquierda o la derecha-izquierda, la fuerza política predominante será centrista, no extremista.

En México se discute si se debiera dar paso a las segundas vueltas como medio de que lleguen al poder gobiernos mayormente legitimados. Es una discusión que un partido como el PRI no quiere, porque se pueden unir en una segunda vuelta todas las fuerzas políticas en su contra. Pero tampoco lo quiere el movimiento-partido Morena, pues sabe que en México, como sucede en todos los países, la mayoría del electorado se sitúa en el centro, y que, puesto a competir ese partido en una liza de dos, es muy posible que el grueso de los votos se vayan con la fuerza que no represente el radicalismo.

Andrés Manuel López Obrador, el presidente de Morena, sabe muy bien esto, y por ello ha intentado en el pasado sacudirse la imagen de extremista. En 2012 creó la idea de la república amorosa para atraer al electorado centrista, pero al final sus pulsiones lo llevaron de nuevo a radicalizarse. Es muy posible que en su legítima aspiración presidencial de 2018 sus estrategas le digan de nuevo que debe mostrar un rostro amable, pero el elector centrista quizá no olvide, sea en una primera o en una segunda vuelta, que fue él quien mandó al diablo a las instituciones, que pide a la gente que no pague la luz, que utiliza la violencia verbal y la polarización social, y que se quiso aliar nada menos que con la CNTE.

En España Pablo Iglesias se deslindó del ultrarradical Monedero, de parte de su discurso antisistema y de su resentida cantaleta en contra de "la casta", y no le fue mal en la elección. Los votantes se encuentran mayoritariamente en el centro, y lo hacen por muchas buenas razones. Basta voltear a ver cómo quedó Argentina después de Kirchner, o como sigue Venezuela para ver algunas de ellas.