Si Pedro Sánchez cree que multiplicando las vicepresidencias va a eclipsar a Pablo Iglesias lo lleva crudo. Más bien al contrario.

Con cada jugadita que el presidente le gaste a Pablo éste se verá más liberado de su compromiso de lealtad. Para neutralizar a Iglesias una vez incorporado al gobierno un loco desesperado propondría pagar a unos sicarios para que le cortaran la lengua y le arrancaran los ojos, algo inadmisible y aberrante, aunque la parte contratante fuera un progresista.

Hace un tiempo un espía de verdad preguntó en una cena a sus acompañantes: “¿Saben ustedes lo que es la inteligencia?”. Los comensales creyeron que se trataba de una pregunta trampa y se demoraron en dar una respuesta y él, al notar su incomodidad, se adelantó. “La inteligencia es el perfecto manejo de la información”, dijo.

Pues Iglesias sabe manejar muy bien la información.

Cuando después del verano Pedro Sánchez le negó tres veces y espetó todas aquellas lindezas del sueño frágil y la naturaleza promiscua de Podemos, Iglesias tuvo un ataque de ansiedad que le duró exactamente 35 minutos. Los que tarda en desplazarse desde el centro de Madrid a su casa en la Sierra, desde cuyos alrededores puede contemplar el Monasterio de El Escorial, en cuya cripta están enterrados muchos reyes.

Iglesias comprendió en ese escaso tiempo que no merecía la pena desgastarse reclamando grandes presupuestos ni ministerios sesudos en los que, si no estás preparado, tardas 5 minutos en quedar en evidencia. A estas alturas, Iglesias ya sabe que subir el salario mínimo a 1,200 euros dejaría un reguero de cadáveres, sin signos externos de violencia, entre los que se contarían numerosos jóvenes y personas desamparadas. Prefiere crear la expectativa y capitalizar la falsa satisfacción que produce entre los más incautos soñar con su descabellada idea y que sea Nadia Calviño la madrastra que frustra la ilusión de la gente.

Lo que Pablo quiere tener es información con la que mercadear. Y eso y su condición de vicepresidente, que le hace mucho más atractivo a los ojos de una opinión pública ávida de personajes con lengua rápida, le garantizan ocupar espacio mediático, que es lo que realmente le interesa para seguir creciendo personalmente y frenar con ello la caída a plomo de su formación.

Gobernar conlleva riesgos y desgastes que es mejor que los soporten otros. El rigor y la seriedad, que está obligada a mostrar la parte más sensata del gobierno, dan muchos menos votos. En todo caso, es de agradecer que Pedro Sánchez, llegado el momento, haya incorporado a unos cuantos ministros garantes de la ortodoxia, aunque eso no le va a permitir eludir el ruido de fondo.

Hace unos años me contaron que en un lugar camino de Benidorm hizo una parada técnica un autobús repletito de abuelos procedentes de un pueblo manchego, que viajaban con cargo al Imserso. Alguien en aquel restaurante de carretera encendió el televisor y reclamó su atención para que pudieron contemplar cómo desde la pantalla el presidente José Bono les dedicaba un afectuoso saludo, mencionando incluso por su nombre a alguno de ellos. “Fulanita, cómo me alegro de que puedas disfrutar de unos días de descanso, que tan merecidos tienes después de tantos años de trabajo. Y no te preocupes por el gato que tu hijo se hace cargo”. Los mensajes sonaban más o menos así. Se imaginan a Iglesias en la tele del autobús recitando poemas de Miguel Hernández mientras suena de fondo la “Sinfonía de las sirenas” de Arseny Avraamov y un mensaje final recordando que están garantizadas las pensiones.