Más que descalificar a las encuestas publicadas hace dos semanas, en el cuartel de campaña de Andrés Manuel López Obrador están indignados con la propaganda que buscaba mandarlos al tercer lugar de la contienda presidencial.

Un desafuero mediático -Ricardo Monreal dixit- que además de los números de las encuestas -en promedio, los partidos del Movimiento Progresista registra 25% de las preferencias electorales a finales de febrero- trató de sembrar dudas sobre la salud del candidato de las izquierdas e incluso rumores sobre un improbable relevo.

Los estrategas de AMLO rechazan que vaya en tercer lugar en la carrera presidencial. Argumentan, en contrario, que Covarrubias y Asociados lo ubica en segundo, sin decir que, en cualquier caso, estaría en empate técnico con Josefina Vázquez Mota. Ambos, por lo menos 10 puntos atrás de Enrique Peña Nieto.

Hay que revisar estado por estado , reclaman en la cúspide de su cuartel de campaña, si vieran las 32 encuestas, descubrirían que en dos terceras partes del país estamos en segundo lugar. Y que en una docena de estados podemos convertirnos en primera fuerza .

Observen con microscopio, insisten. Ellos deben estarlo haciendo. Y, por lo mismo, sabrán que López Obrador obtiene malas calificaciones en el Distrito Federal -aunque la intención de voto por el PRD es insuperable para el resto de las fuerzas políticas- y también en el Estado de México.

El mapa regional, en efecto, ofrece una perspectiva distinta. El calendario electoral del 2012 marca que 15 estados de la República tendrán elecciones concurrentes a la federal y entre ellos están Estado de México, Nuevo León, San Luis Potosí y Guerrero, donde los partidos de la izquierda son competitivos.

Y de las seis gubernaturas que estarán en disputa el próximo 1 de julio, los candidatos del Movimiento Progresista dan por descontado su triunfo en Chiapas, Morelos, Tabasco, Jalisco y ciudad de México.

A diferencia del 2006 -destacan- ahora se combinan la fortaleza de los aliados y la presencia electoral de AMLO. En el Estado de México, Guerrero, Oaxaca, por ejemplo, existen altas posibilidades de ganar mayoría en la definición de los próximos senadores. Y en Tlaxcala, San Luis Potosí y Puebla podrían alcanzar al menos un escaño de los dos disponibles por mayoría.

Las izquierdas van con dos exgobernadores priístas -Fernando Silva Nieto en San Luis Potosí y Manuel Bartlett Díaz, en Puebla- y una exalcaldesa del tricolor -Lorena Cuéllar, en Tlaxcala- como abanderados al Senado. Según las encuestas de los estrategas de AMLO, los votantes de esas entidades están dispuestos a premiar sus gestiones exitosas al frente del Ejecutivo.

Y también estarían dispuestos a reconocer la unidad de las izquierdas... si es que ésta se mantiene intacta. Pues justo en las entidades donde se avisora un futuro victorioso -Tabasco, Jalisco, Estado de México y, por supuesto, Distrito Federal- las gestiones para construir coaliciones totales están yéndose por la borda.

Habrá casos, como el tabasqueño, donde las discrepancias entre perredistas, petistas y ciudadanos son atribuibles a intereses ajenos que buscan debilitar la postulación de Arturo Núñez Jiménez a la gubernatura, pero en Jalisco y DF no sólo se registra una pugna por las candidaturas, sino también florecen notables diferencias en el estilo de conducción política.

El caso jalisciense es excepcional. Todas las mediciones coinciden en reconocer el potencial del exalcalde de Tlajomulco, Enrique Alfaro, quien podría beneficiarse del efecto AMLO y convertirse en Gobernador de una entidad donde claramente hay un hartazgo del panismo.

Sin Alfaro, las izquierdas en Jalisco están condenadas a una participación electoral meramente testimonial. Es por eso que las candidaturas a alcaldes que solicitó fueron concedidas. Pero de última hora, el abanderado decidió romper con el PRD.

Paradójicamente, el enfrentamiento que sostienen los ebraristas con las tribus del PRD-DF -que mantiene atorada la designación de los candidatos a asambleístas, jefes delegacionales y senadores- podría tener un escape y despresurización con la ruptura de la coalición de izquierda.

Lo sorprendente es que a pesar de los barruntos de tormenta que amenazan con fraccionar al Movimiento Progresista, AMLO muestra una asombrosa estabilidad en todas las mediciones publicadas. También cabría preguntarse ¿por qué no ha crecido? Dirán sus estrategas que todavía no empieza la campaña. Que con los spots y los debates tiene modo y tiempo de crecer. Como lo hizo hace seis años, AMLO pugna por la purificación de la vida pública. A sus aliados deja la tarea de armar la estructura de promoción y defensa del voto.

EFECTOS SECUNDARIOS

¿MEA CULPA? Debe reconocerse el valor de Roberto Gil Zuarth, quien asumió la responsabilidad de los errores de coor­dinación que hicieron naufragar la toma de protesta de Josefina Vázquez Mota. De la misma forma, debe aceptarse que el manejo de crisis de este incidente ha sido pésimo: los dichos del joven chiapaneco, director de la campaña y del vocero del equipo josefinista, Juan Marcos Gutiérrez, carecen de veracidad. En el momento en que su jefa asumía formalmente la candidatura del PAN a la Presidencia de la República, las gradas del Estadio Azul no estaban siquiera a tres cuartas partes de su capacidad. Las fotografías son elocuentes.