Vivimos en un mundo donde no es prudente ser directo. Hay que engalanar la verdad para que quienes escuchan no se sientan ofendidos aunque éstos dediquen su existencia a agredir al resto de la humanidad. Lo que antes se pensaba como posible sólo en fantasías, ahora es pan de cada día. Los líderes que fueron elegidos para representarnos se han ubicado en un podio que nos fuerza a mirar para arriba. El peligro es que en su imparable demagogia cantinflesca, que va de autoexaltaciones hasta acusaciones a un enemigo inexistente, se le trabe la lengua y nos escupa.

La nueva realidad que se va imponiendo nos requiere obviar cuestiones como la libertad de expresión, si ésta expresión va en contra del líder de turno. También nos requiere apoyar ciegamente cada decisión del gobierno, pues no hacerlo es ser traidor, paria o simplemente un engendro de la corrupta mafia que históricamente llevó las riendas del país. Es un escenario donde contar con estadísticas actualizadas sobre la economía, la salud, la educación o cualquier tema relacionado al bienestar del pueblo podría llegar a convertirse en tabú. Es la era de las noticias falsas y los datos alternativos.

Lo importante es sembrar la semilla que alimente a seguidores sin criterio propio, que no argumenten, que no discutan, que no deseen entender el porqué de las cosas. Un ambiente que sin afirmarlo hace que la existencia de facultades de humanidades o ciencias sociales no tienen razón de ser. El no estar de acuerdo no lleva a un debate constructivo sino a insultos y agresión.

Estamos contemplando un renacer del más vil populismo que se escuda en el racismo, la xenofobia y la misoginia. Desgraciadamente, los ejemplos abundan y cada semana parece engendrar una nueva aberración que logra alzarse con el cargo más importante de su país. Aberración que no tarda ni un instante en comenzar a destilar un veneno que no distingue fronteras y le da lo mismo levantar prohibiciones a refugios naturales en Alaska que acusar a las instituciones ecologistas sin fines de lucro de incendiar la selva del Amazonas.

Lo más doloroso es cómo nos hemos ido acostumbrando a ver niños enjaulados durmiendo en un piso de concreto, muchas veces rodeados de su propio excremento. Contemplar cómo protestas que piden empleo y comida son recibidas con violencia por la policía nacional mientras el presidente gasta miles de dólares en una lujosa cena en Estambul. Nos da lo mismo escuchar un líder llamar a hermanos latinoamericanos drogadictos, violadores o vividores que nunca deberían salir de sus países de mierda. La indignación parece haberse perdido. No se habla pero hay resignación. Muchos han bajado la cabeza ante quien vivía protestando y ahora quiere prohibir las protestas que van en contra de su gestión. Hay que mostrar rechazo a quienes deciden reinstituir leyes que causaron numerosas muertes inocentes de campesinos porque les da la oportunidad de afirmar que están combatiendo con uñas y dientes a la guerrilla; eliminar el apoyo a los políticos que prefieren atacar a su propia gente que insultar al megalómano líder que tienen frente a sí.

Sí, he descrito algunos de los eventos que se han ido viviendo en las Américas durante los pasados meses. Tenemos el privilegio de vivir en un contexto histórico donde prima lo absurdo, el vender espejitos o intentar mantener el poder por medio de un clientelismo del siglo XXI. Al final de la historia sucede algo similar a lo descrito por Hans Christian Andersen, los líderes efímeros se llegan a creer su propia mentira hasta que en su momento de mayor orgullo deciden desfilar para que un niño los señale y grite: “Pero sí van desnudos”.

Ese será el inicio del fin.

*José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TICs.

José F. Otero

TIC y Desarrollo

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es a título personal.