Se dice que el trabajo ha perdido participación en el valor agregado de la economía, pasando de una proporción cercana a 40% a una menor a 30%, lo cual, de ser corroborado, invitaría a una investigación un poco más a fondo, antes de emitir algún tipo de conclusión, la cual normalmente iría cargada de un juicio de valor.

Es cierto que en la reforma laboral aprobada por los diputados ni siquiera se tomaron el tiempo para averiguar si esta aseveración es cierta ni, mucho menos, para pensar cómo, mediante el cambio, pudieran lograr que el trabajo mejorara su participación relativa, con mecanismos como el pago por productividad o compensaciones extraordinarias por lograr cambiar la utilización del factor trabajo en la producción sin elevar costos, lo cual sería factible mediante la adopción de un cambio tecnológico que hiciera más productivo al trabajo.

Hemos analizado cómo la falta de competencia representa un incentivo perverso para que las empresas innoven o inviertan en nuevas tecnologías, ya que sus utilidades están garantizadas.

Si las compañías cuentan con un sindicato con sesgo a las prácticas charras, podemos asegurar que el factor trabajo estará condenado a disminuir su participación, ya que los aumentos salariales estarán controlados.

En ocasiones los medios destacan noticias derivadas del trabajo de un reportero, que, con simplemente mirar los reportes de empresas como Pemex, CFE o el IMSS, se da cuenta de que están condenadas a la quiebra a no ser que, como siempre, el gobierno salga en su rescate. Son organismos que no enfrentan competencia y que, gracias a las prácticas charras de sus sindicatos, tienen pérdidas.

Es claro que los charros no son el único factor que pesa, también hay que añadir la falta de dirección profesional de esos organismos que privilegian la convivencia política que reditúa dividendos políticos a las buenas prácticas corporativas que pueden indicar la necesidad de recortar personal, evitar gastos o por lo menos, plantear acuerdos periódicos para elevar la productividad.

Ya se reeligieron dos iconos de las prácticas charras en el país, vociferando que no serán siervos de nadie, aunque con un español un poco más rupestre, propio de sus gremios, que tanto aportan al bienestar de las mayorías, dejando claro que en esto de las reformas, lo que podemos esperar es que domine la ley del gatopardo.

Todavía está muy fresco el recuerdo de la supuesta reforma de Pemex. Y ¿qué ha pasado?... El gas escasea.

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