¿A quién le importa que sean las elecciones más grandes de la historia? Básicamente a los organizadores, que sí, la verdad es que enfrentan un reto descomunal y a jugadores enojados. Pero a los demás nos puede importar un bledo eso de que son las más grandes: en nuestro municipio sólo se elige a un alcalde, y ya hemos marcado seis boletas. Esta vez, cuando mucho, serán cuatro, no los muchísimos miles que nos presumen cada que nos dicen que uf, cuántos puestos de elección popular hay esta vez.

Son miles pero no para nosotros. Son miles para los organizadores, porque a alguien se le ocurrió que tenían que hacerse al mismo tiempo las de Guerrero y las de Colima, como si a Manzanillo o a Acapulco les afectase un ápice emparentar su jornada electoral. A los genios que se les ocurrió la idea de una eleccionsota les preocupaba que los gobernadores se eligieran en un momento distinto al de los diputados federales. Que para qué. Mejor todos juntos a la de tres. 

No conformes, los genios de la centralización previa a la centralización cuatroteísta, decidieron que el Instituto Nacional Electoral tenía que asomar las narices en todas las entidades, de ser posible, y que atendieran tanto el registro de Félix Salgado como el de Dolores Padierna, el de Pedro Kumamoto y el de Carlos Hank.

¿El resultado? Las elecciones más grandes de la historia, el método que hace más vulnerable al INE y la indistinción entre lo local y lo nacional. Se habla de la eleccionsota como si fuera grandiosa (confunden lo grandote, Ibargüengoitia dixit) y no un asunto de tubería centralizada en Tlalpan. 

Lo que sí es relevante de esta elección es que se desarrolla en el marco de una necesidad plebiscitaria (conmigo hasta el barranco o contra mí hasta la ignominia) del partido del Presidente. Esto tiene su chistecito en todos los espacios (gubernaturas, alcaldías, regidurías, diputaciones locales), pero es relevantísimo en las curules de la Cámara de Diputados, donde 500 mexicanos tienen una función que es esencialmente representativa del proyecto ideológico del gobierno en turno y  -ojo- de los proyectos ideológicos de los que no gobiernan y pueden hacerlo.

Dicen los periodistas más enterados que el Presidente está preocupado por algunas gubernaturas en el sur y en el norte del país. Puede ser, pero lo que es esencial para que su gobierno se deslice como barco con las velas hinchadas y viento en popa, es la Cámara de Diputados. Yo diría que como ahí se le respalda o lo bloquean en materia presupuestal, la Cámara es el timón del barco presidencial. La pieza que le permite maniobrar.  

Hasta ahora este timón ha seguido las órdenes del capitán, pero el rumbo no necesariamente es del agrado de todos los mexicanos. Hay algunos que brincan de gusto porque nos dirigimos a la isla de la soberanía petrolera con un mapa viejo en el que sí confían. Otros se preocupan por las tormentas que se avecinan y por la idea misma de llegar a la soberanía petrolera con un mapa viejo en el que no depositan su fe. 

Eso es lo que se juega, lo que arrancó esta semana, lo que importa de la elección: la posibilidad de maniobrar. Sí, bueno, Felix Salgado es el foco y el escándalo, pero caray, Salgado no es ni candidato hoy. Olvidémoslo y pongamos la lupa en la tripulación legislativa, la que llevará el timón, la que por cierto, ya nos mostró de qué lado cojea pues 448 de los 500 diputados buscan la reelección. ¿Les gusta el rumbo? Eso es lo que se juega.

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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