Ya bastante taquicardia producen las determinaciones de la Reserva Federal (Fed), como para completar el cuadro del infarto con las batallas políticas de Washington.

Como si fuera un cuento de terror de nunca acabar, otra vez hay una fecha fatal para que al gobierno de Estados Unidos se le terminen los recursos para pagar sus deudas. Y no es que demócratas y republicanos no conozcan las consecuencias de acercar al default a la economía más grande del mundo, es que lo ven como una oportunidad invaluable de sacar provecho para sus causas.

La tónica de la administración de Barack Obama ha sido la misma desde el principio: dos partidos políticos enfrentados y con un enorme problema fiscal enfrente esperando una solución definitiva.

Los republicanos quieren frenar a Obama, en especial esa ala radical llamada el Tea Party. Y lo hacen a través de presionar una solución al déficit fiscal por la vía de recortar los gastos sociales, en especial el llamado ObamaCare.

Mientras, los demócratas buscan la corrección del desequilibrio entre ingresos y gastos por la vía del aumento de impuestos, en especial a los más adinerados, que son la principal clientela del partido opuesto.

Producto de la falta de acuerdos de largo aliento se han tenido que encontrar parches que corrijan muy lentamente el déficit fiscal, lo que ha implicado que aumente la deuda pública estadounidense para cumplir con los abultados compromisos.

Pero para eso se necesita del permiso del Congreso. Sin ese aval legislativo no hay manera que la administración ejecutiva pague lo que debe más allá del límite preestablecido.

Ese tope ha estado a punto de ser rebasado en varias ocasiones, una de las más escandalosas sucedió en agosto del 2011, cuando los mercados entraron en pánico hasta que un acuerdo de última hora logró extender esa agonía. Como sea, el resultado fue la degradación por parte de Standard and Poor’s de la calificación crediticia perfecta de Estados Unidos.

En marzo del año pasado la falta de acuerdos provocó la entrada de medidas de corrección emergentes que generaron un ambiente descompuesto que afectó más por la expectativa pesimista que por los efectos de la austeridad.

Y en octubre pasado otra vez las diferencias partidistas provocaron un cierre parcial del gobierno que costó millones y defraudó más a los mercados sobre la madurez de los que conducen la política del gigante estadounidense.

Pues va de nuevo. Otra vez hay una fecha límite antes de que se acabe el dinero y que otra vez se hable de default. Y otra vez los republicanos quieren sacar algún provecho de su necesario aval para la siguiente prórroga.

Entonces, en medio de una discusión sobre la pertinencia de la Fed de ir tan rápido con su plan de recorte de los estímulos de liquidez contra los tímidos datos de la recuperación económica, resulta que hay que añadir las angustias provocadas por los políticos.

Tendrá que ser cuestión de horas para saber si Washington colabora para aliviar las tensiones en los mercados o bien son factor determinante para estos tiempos difíciles de turbulencia.