Contener las presiones inflacionarias es un arte que requiere amplias habilidades técnicas, pero también una enorme capacidad política, para acomodar las piezas de tal forma que no se tambaleen las expectativas de los agentes económicos.

La inflación en el año pasado terminó dentro del ya famoso rango aquel de la chocante cantaleta de 3% más-menos un punto porcentual.

Vamos, la inflación en México es de 4%; nunca hasta ahora se ha tocado 2%, que promete la meta inflacionaria oficial. Es un registro alto para un país perteneciente a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Es un registro medio para un mercado emergente, pero es una tasa altísima para un país que tiene un crecimiento de tan sólo 1 por ciento.

Como sea, así como México está atorado en una franja de crecimiento del PIB que no puede superar hasta ahora 3.5%, así la inflación también tiene un piso que por ahora no parece poder superar los niveles de entre 3 y 4 por ciento.

Y menos lo podrá hacer cuando ya nos anuncian que en el futuro los precios de los energéticos se seguirán manejando por decreto. Porque aunque el aumento en las gasolinas no sea ya de 12%, el hecho de indizar su precio a la inflación general, también es un arbitrario gasolinazo.

El punto es que cuando Miguel Ángel Mancera asegura que el Gobierno del Distrito Federal colabora con la administración federal lo dice en serio y se nota hasta en la inflación.

No fue casualidad que el aumento se adelantó a la primera quincena de diciembre, así se reservaba el impacto para la inflación del 2013 y se dejaba la cuesta de enero para los aumentos derivados de las modificaciones fiscales.

La diferencia es esencial. No es lo mismo esperar una inflación en enero de 0.9% por los ajustes en los impuestos, que un aumento de más de 1.5% por la suma de otros incrementos. Negociar la gradualidad de la entrada en vigor de los aumentos es una manifestación del arte monetario.

Las expectativas inflacionarias del sector público hoy están por arriba de 4% para todo el año, lo cual es una tasa elevada, sobre todo si se toma en cuenta que se espera un mayor dinamismo económico a partir de este 2014.

Si las presiones derivadas del aumento en la demanda, ausentes hasta ahora, acompañan a estos incrementos fiscales y a las presiones en los precios de los energéticos, que seguirán subiendo este año por arriba de la inflación, podrían los banqueros centrales tener que dejar de lado los pinceles con los que pintan y manejan la política monetaria, para sacar las metralletas de combate a la inflación.

Dado que los aumentos principales son derivados de la política fiscal impulsada por el gobierno federal y la falta de definiciones claras en torno al manejo de los precios de los hidrocarburos, no sería tan difícil ver que en un futuro se presentarán diferencias entre Hacienda y el Banco de México.

Hoy las expectativas están bien controladas, aunque la inflación de la primera quincena de enero va a sacar al Índice Nacional de Precios al Consumidor de la meta oficial. Y el reto para el banco central será siempre regresarla al carril de lo deseado.