En la tradición política de los Estados Unidos la palabra desigualdad ha estado excluida del discurso político de demócratas y republicanos. Ambos han negado esa realidad, pero en los últimos años se ha impuesto como uno de los puntos centrales en el debate entre los dos. Tiempo atrás habría sido impensable.

Entre 1950 y 1980, la desigualdad en ese país alcanzó su nivel más bajo cuando 10% de los ingresos más altos se llevaban entre 30 y 35% de los ingresos nacionales; pero desde el 2000 ese mismo 10% acapara entre 40 y 45% del total de los ingresos que genera el país, afirma Thomas Piketty en El capital del siglo XXI.

Y a partir de 1970, mientras los salarios de los trabajadores permanecen estancados, el salario de 1% de los más ricos ha crecido 165%, asegura el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman. A la sociedad estadounidense le asusta la idea de que los hijos y nietos de los ricos, de generación en generación, sigan siendo la clase dominante y se cierre el espacio al asenso social.

El Nobel advierte sobre el efecto de la desigualdad social en la calidad de la democracia cuando afirma que una riqueza inmensa permite comprar una inmensa influencia, no sólo en las políticas que se adoptan, sino en el discurso político . Hoy día la gran mayoría de los congresistas estadounidenses son millonarios. Sobre el hecho, el politólogo Nicholas Carnes establece una relación directa entre la clase social de los legisladores y su poco interés en impulsar políticas que beneficien a las clases medias.

Ahora, el freno del ascenso social ha pasado a ser un tema de demócratas y republicanos y en ese horizonte es que ha surgido el tema de la desigualdad. Economistas como Piketty explican que ésta ocurre porque la acumulación de las rentas del capital crece a un ritmo más rápido que la economía y eso abre la brecha entre pobres y ricos. Otros como Charles Murray, hoy el intelectual de más peso de la derecha estadounidense, plantea que eso ocurre por la diferencia de valores y cultura.

En su versión, el declive de la clase trabajadora blanca se explica porque desde los 70 ésta dejó de practicar las virtudes fundacionales de Estados Unidos: religiosidad, laboriosidad, honestidad y matrimonio. Y, por eso, añade Murray, han entrado a una espiral que les distancia cada vez más de las élites industriosas, religiosas y cuyos miembros son proclives a casarse entre ellos y, por tanto, a procrear hijos más inteligentes. No hay nada que pruebe esto último, pero así lo sostiene.

Ahora los intelectuales de la derecha están obligados a entrar al debate sobre la desigualdad y lo hacen desde un discurso conservador, pero que pretende ofrecer un rostro humano. La izquierda socialdemócrata , la derecha califica así a los políticos como Obama, se enfrenta al problema desde un nuevo populismo , que no tiene la carga negativa de América Latina, que se propone como la exigencia a los políticos de que estén a la altura de sus palabras y de los ideales fundadores de este país, que consiste en que la élite debe servir a los intereses del pueblo , plantea Kazin, autor de The populist persuasion. (Este artículo es una síntesis de La brecha que rompe el sueño americano , Marc Basste, El País, 25.05.14)

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