Continúo con la idea guía de mi editorial pasado: no todo en México está mal; hay cosas que están bien. Y esta idea es aplicable al caso de la administración pública, en la cual frente a un gran espacio de entidades mediocres con índices de eficiencia bajísimos hay islas de productividad y hasta de excelencia que deben quedar protegidas. Pero esta idea tan clara y tan irrefutable —¿quién se atrevería a negarla?— ha entrado en contraposición con una propuesta vertical y autoritaria del próximo gobierno relativa al plan de austeridad que debe imponerse al sector público.

Subyacen en esa propuesta dos argumentos totalmente falsos. Primero, que en cuanto a eficiencia y profesionalismo todas las entidades del sector gubernamental son una homogeneidad y que por tanto merecen un tratamiento parejo. Segundo, que a todas esas entidades se les puede aplicar un plan de austeridad riguroso e insensible, reduciendo los salarios y las prestaciones del personal técnico y que todo va seguir igual.

A manera de ejemplo notable, esta última reflexión corresponde con exactitud al caso del personal técnico que ha venido prestando por años sus servicios en Pemex y CFE. En tal respecto, la presente defensa no incluye  áreas en esas dos entidades que sin lugar a dudas han sido verdaderas cloacas de corrupción como las direcciones de compras y proveeduría. En esos ámbitos, el bisturí limpiador sí debe meterse a fondo. Pero enfrente y dentro de esas mismas organizaciones, está el caso de su mayor capital —más importante incluso que su capital físico: su capital humano—.

Los agentes económicos reaccionan ante los estímulos y ésa será previsiblemente la conducta que cabrá esperar en esos expertos técnicos de Pemex y la CFE cuando se enteren de que sus ingresos van a ser cercenados unilateralmente. Muchos de ellos se podrán recontratar en el sector privado o en el extranjero y lo harán con mayor facilidad los más competentes y prestigiados, dando lugar a una costosa descapitalización de esos organismos. De convertirse el proceso en avalancha, sólo permanecerán en esos cuadros técnicos los elementes más mediocres y aún peor: los ineptos.

Los gobiernos deben actuar con mucha prudencia y proteger lo que funciona bien y es eficaz. De otra forma, pueden caer en la tragedia del peor cirujano: aquel que en su consigna de extraer los tumores del cuerpo del paciente extirpa también órganos sanos.

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico