El problema del desempleo se vuelve estructural; los empleos tienen escasa remuneración y poco contenido.

El nuevo desafío es la polarización, ya que existen pocos que lo tienen todo hasta el exceso y una multitud incontable que vive en condiciones indignas.

El mundo desbocado en el que estamos tiene comportamientos divergentes. De un lado, un optimismo alucinante que lo confía todo a la técnica y a sus nuevas aplicaciones. Es decir, se trata de aferrarse a una promesa de felicidad sin sacrificios: no hay problema que no se pueda resolver en la actual sociedad del conocimiento.

Por otra parte, cada día nos encontramos con la realidad de que el modelo económico está en crisis. No hay perspectivas. El problema del desempleo se vuelve estructural. Los trabajos se convierten en empleos de escasa remuneración y poco contenido. Tenemos tenues recuperaciones. Las personas sienten la fragilidad de las circunstancias y el temor ante el futuro se apodera de muchas conciencias.

El mercado de artículos de lujo crece sin parar y, por otro lado, existen demandas desatendidas, problemas sin resolver y enfermedades físicas, morales y sociales, a las que muchas veces se aplican sólo cuidados paliativos.

En las últimas semanas ha causado sensación el libro del francés Thomas Piketty, El capitalismo en el siglo XXI, porque vuelve a mostrar la enorme y creciente desigualdad que asola al planeta.

Lo que ya ha sido reiterativamente denunciado durante varios años en el Foro Económico Mundial y en otras muchas instancias, es ratificado aquí. Vivimos en un mundo segmentado: el de pocos ricos y muchos pobres.

Por eso el nuevo desafío es la polarización, la cual constituye una amenaza mayor, ya que existen pocos que lo tienen todo hasta el exceso y una multitud incontable que vive en condiciones indignas, marginales y de explotación. El riesgo estriba en que el retorno al capital está siendo mayor que el crecimiento de la economía. Esto, desde el punto de vista que quiera mirarse, es siempre una bomba de tiempo. Si la economía real se desvincula de la economía financiera, y esta última ofrece rendimientos superiores al total del crecimiento económico, entonces estamos ante una pura y dura burbuja especulativa, cuyo resultado se vuelve incierto, por la falta de fundamento.

No se trata del problema de un país o de una región, es la necesidad de volver a una economía real en la que se pueda garantizar la inclusión, que consiste en la posibilidad universal de aportar, gracias al trabajo humano productivo, y de participar en los beneficios de los satisfactores y de la riqueza que se han generado, para elevar el nivel de vida general y hacer de la economía un proceso sustentable.

*Director del Centro de Estudios para la Gobernabilidad Institucional (CEGI) de la IPADE Business School.

Twitter: @ipade