Es irresistible intentar leer la ronda 3.1 petrolera desde la política: estamos a un par de días de que las campañas presidenciales arranquen oficialmente. Desde ahí, se podría concluir que el ciclo electoral y su retórica inhibió la participación, pues el porcentaje de éxito fue menor que en otras ocasiones —aunque no el éxito total. O que una serie de empresas de prestigio internacional no consideran políticamente plausible que un candidato cancele los contratos. Ambas conclusiones son equivocadas.

La realidad es que el riesgo geológico y comercial, no el político, pesaron más en los resultados. Una prueba clara es que, sin usar un solo criterio político, Pablo Medina, de Welligence, acertó en su pronóstico de bloques licitados.

Los bloques que más recibieron ofertas, los de la cuenca del Sureste, fueron los que la lógica petrolera marcaba como más atractivos. Son áreas, sí, puramente exploratorias. Pero están en una cuenca que, gracias a actividad petrolera cercana, es relativamente bien entendida y tiene acceso fácil a infraestructura. Dentro de la escala de riesgo de un proyecto puramente exploratorio, están en los niveles bajos. No debería sorprendernos que hayan atraído intensa competencia.

El caso de la Tampico-Misantla es diferente. Aquí hay una hipótesis sobre una potencial nueva lonja de hidrocarburos en la Faja de Oro. Pero esta hipótesis, usando terminología petrolera, aún no se perfora –no deja de ser una idea sin pruebas. En consecuencia, los riesgos son altos y, como se podría esperar, el interés fue moderado. En Burgos, en cambio, el riesgo es geológico y comercial. Persisten las dudas sobre si el potencial de gas de la cuenca puede competir con el gas de la región, el más competitivo (barato) del mundo. Ante riesgos más elevados, el interés de nuevo fue moderado.

Similar al caso de la paridad peso-dólar, parece que la participación en rondas aún no descuenta el riesgo político. ¿Por qué? Está la posibilidad de que las petroleras que participaron en la Ronda 3.1 aún no estén leyendo las encuestas. O que no vean tendencias definitivas en ellas. O que le crean más a Alfonso Romo, Carlos Urzúa y Gerardo Esquivel que a Paco Ignacio Taibo II o al propio López Obrador. Todos estos argumentos son o simplistas o ingenuos.

El propio proceso petrolero da mejores pistas para explicar qué es lo que está pasando. En procesos de exploración, algunas compañías están adquiriendo compromisos de inversión sustantivos, al amparo pleno de la Constitución, la Ley de Hidrocarburos y los contratos de exploración y producción. Pero aún no están en el punto de, con un descubrimiento comercial, tomar una decisión final de inversión (FID). Es ahí donde una petrolera tradicional realmente pondera los riesgos políticos previsibles de su situación específica. Antes de esto, es una variable relativamente menor.

Suena técnico y rebuscado. Pero en realidad el mensaje es claro. Quien, por obsesionarse sólo con las encuestas y lo político, imagine evidencias de que el mercado petrolero y el mercado financiero no reaccionarían ante una potencial revisión (sea renegociación o cancelación) de contratos o ante la suspensión de las rondas se estaría equivocando. Hablar de revisar contratos o suspender rondas, cuando ya sea en serio, implica que se revise a fondo el riesgo político mexicano. Tendría implicaciones económicas y fiscales que trascienden las decenas de miles de millones de dólares potenciales a partir de estos procesos. Van desde aumentar el costo de la deuda externa hasta reducir nuestra capacidad, como país, de atraer inversiones en otros sectores.

El riesgo político aún no se ha internalizado ni descontado. Ni en la 1.1 ni en la 2.4 ni en la 3.1. No hay demasiado que leer en esto aún. Igual que con el dólar, el riesgo político no ha ocupado la pista central... todavía. Aún no se abre esa revisión.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell