Debo decir primero que el motivo de escribir el artículo no lo hago desde un enfoque en contra de López Obrador. Sin embargo, un gobierno que ganó por una mayoría aplastante, que tiene en sus manos las dos cámaras (lo cual considero que era necesario para poder llevar a cabo su proyecto de nación hasta las últimas consecuencias), corre varios riesgos: el de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente (Lord Acton), así como el de que no se hagan las observaciones críticas, pero constructivas, para llevar dicho modelo hacia su final feliz. Esto será especialmente difícil en un país gobernado, como él señala, por la mafia del poder y por un neoliberalismo rampante que arrastra más de dos décadas.

¿Qué queremos decir de lo que hasta ahora se ha manifestado en los anuncios de AMLO y sus colaboradores en materia económica? Primero, que respetará la autonomía de Banco de México y no aumentará los impuestos, lo que ha tenido sus efectos en la tranquilidad de los mercados financieros y la ligera sobrevaluación del peso desde que López Obrador tomó el poder, que ha bajado a niveles cercanos a los 18.50 pesos.

¿Si ésta es la reacción de los mercados, no sonaría a aguafiestas comenzar a criticar el modelo antes de que se eche a caminar? Precisamente, porque queremos que tal modelo llegue a un buen término nos atrevemos a mencionar algunos asuntos que podrían constituir, a la larga, un semáforo rojo si no los atiende con atención. Nos referimos especialmente a los elefantes blancos que no deja de prometernos, por su escaso efecto sobre el bienestar de la población y el posible efecto de déficit que podría sobrevenir para poder llevarlos a cabo.

AMLO ha anunciado hasta el momento una inversión estatal de más de 300,000 millones de pesos en el sector energético para levantarlo (pero parece ser sin complementarla con inversión privada). Por otro lado, de manera acertada, ha anunciado un recorte drástico de los sueldos de la alta burocracia, que era estrictamente necesario. Ha anunciado la construcción de mucha infraestructura para conectar al sureste con el norte; la creación de dos trenes de alta velocidad en la zona de Cancún y retomar un tren de alta velocidad México-Querétaro. Todos estos esfuerzos los estimamos loables, si bien tendrán su primera prueba de fuego en el presupuesto de egresos.

Las inversiones faraónicas tan propias de Echeverría y López Portillo, llamados por Gabriel Zaid elefantes blancos, muy bien descritos en su estupendo libro El progreso improductivo, supusieron una creación efímera de empleo, pero llevaron al país a la quiebra económica, una vez que se terminó el dinero, riesgo que está latente. Los elefantes blancos separan a los habitantes de sus comunidades, implican altas cuotas de contaminación y visten mucho, pero muchas veces suponen muy poca mejora efectiva para la mayoría de la población. Si vemos las entidades con mayor renta petrolera, las mismas son las de peor nivel de vida de los mexicanos. El petróleo no nos ha ayudado a salir de la pobreza, más bien parecería lo contrario. Esto lo podemos trasladar a la construcción de algunos aeropuertos y carreteras, sumamente costosas y que han implicado poca conectividad para la población. AMLO tiene muy clara la importancia de desarrollo de la agroindustria y de las pequeñas y medianas empresas. Pero si vemos los anuncios de gasto que ha mencionado a favor de las grandes obras de infraestructura, estas últimas parece que gozarán de un presupuesto mucho mayor.

Ojalá AMLO no se deje llevar por el ruido de las nuevas pirámides de Egipto y no minusvalore el desarrollo sustentable, el microcapitalismo que hace falta para ayudar auténticamente a la gente pobre, en un país con 55 millones de personas viviendo en la pobreza de ingresos.

*Máster y doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de Competencia, Protección de Datos y Consumidores del despacho Jalife& Caballero.