Algunos atribuyen las incoherencias del presidente López Obrador a un problema del cerebro, quizá algo relacionado con la irrigación vascular, pero lo cierto es que se comporta y habla igual que hace veinte años. Aquellos que perciben un cambio es porque en las últimas elecciones quisieron ver a alguien diferente. Es cierto que López Obrador es incoherente desde un punto de vista lógico, jurídico, económico o incluso político, pero es muy coherente con el propio López Obrador. Todo lo que está haciendo es lo que siempre dijo que iba a hacer, a veces de manera velada, otras, dependiendo de la audiencia, con toda crudeza. Tiene pocas ideas y a ellas se aferra. No cree en el progreso ni en la razón, por el contrario, si ponemos atención a los postulados básicos de su pretendida transformación, le gustaría regresar a cada hogar mexicano a un nivel de auto subsistencia agrícola y ganadera con pequeños oficios basados en el trueque y no en la moneda, para agradar a Dios. En su conservadurismo, la riqueza es pecado y el conocimiento, soberbia. Por eso está convencido de su honestidad personal. Aunque él y los suyos han desviado recursos del erario público desde hace décadas para mantener un movimiento político permanente, él no vive de manera lujosa. Pasa por alto que el robo al erario es el mismo, independientemente del fin para el que se utilice el dinero. Uno incluso podría pensar que es menos grave para la República comprar un Rolex que el poder absoluto.

La transformación de López Obrador consiste en volver al hombre natural, al buen salvaje de Rousseau, intocado por las perversiones de la modernidad a las que, sin mucho estudio, él suele llamar neoliberalismo. A ese hombre bueno que vive dentro de todos nosotros si nos despojamos de los artificios de la civilización y volvemos al burro para producir jugo de caña y dejamos de hablar de crecimiento para hablar de bienestar u olvidamos lo material para enfocarnos en lo espiritual.

Lo grave es que la fantasía bucólica de López Obrador se empieza a parecer más a “El Salvaje” de Papini y Soffici, quien en santa obediencia a su Señor Jesucristo debe odiar al mundo moderno. Como nos recuerda Roger Bartra, se trata de un hombre primitivo que repudia con violencia a la Ilustración, la razón y la ciencia; todo aquello que ponga en duda la fe y cause el desasosiego de la falta de certezas. Por eso el ataque constante del gobierno a científicos y creadores. A cualquiera que piense. El núcleo duro del lopezobradorismo está conformado por masas urbanas desarraigadas, carentes de educación y sin perspectiva de un futuro mejor. Aunque López Obrador se pretende de izquierda su conservadurismo es absolutamente radical; él va mucho más allá que cualquier conservador: él pretende destruir la modernidad misma gestada desde el Renacimiento para convertir a México no en un estado socialista sino en una secta adventista-colectivista para esperar la segunda venida de Cristo al mundo en cuerpo y alma, por eso su metódico desmantelamiento de la República. Mientras no entendamos que el proyecto de López Obrador es religioso y sectario, y no político, no tendremos herramientas para enfrentarlo.

Gerardo Soria

Presidente del IDET

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Abogado especialista en sectores regulados. Presidente del Instituto del Derecho de las Telecomunicaciones (IDET). Doctorando en letras modernas en la UIA.