Como dice el refrán Al buen entendedor, pocas palabras ; así que hoy queridos lectores trataré de limitar mis palabras. En vísperas del 10 de mayo, dedicaré este espacio para hacer un reconocimiento especial a todas las mujeres que nos han dado la vida, nos han educado, nos han aguantado y también han dejado muchos de sus sueños por únicamente estar presentes para nosotros o bien, a las mujeres que con gran audacia combinan su vida profesional con la personal y nuestros rollos mentales, nuestras necesidades y nuestras ondas . También a esos padres que son padres y madres al mismo tiempo, que tienen que encargarse desde lo que sus chiquitos van a comer hasta que emocionalmente, estén conectados con ellos. Y en especial, me tomaré la libertad de reconocer a mi adorada madre y a todas las mujeres de su generación señoras hermosas entre los 65 y los 75 años de edad que fueron un parteaguas entre nuestras abuelas y todas las generaciones que venimos detrás de ellas. Mi madre, mujer inteligente, creativa, muy trabajadora y emprendedora, llena de aspiraciones profesionales combinó su vida laboral, desde una oficina muy elegante: la cocina de nuestra casa. Entre las ollas en la estufa y el olor de los chayotes hervidos , buscaba llevar a plenitud sus aspiraciones profesionales, ya que años antes había tenido que renunciar a una beca escolar en cualquier Universidad de Estados Unidos, para terminar aprendiendo a cocinar y bordar en el colegio para señoritas llamado Familiar y Social y en ese entonces tenía tres adolescentes, una niñita no tan latosa y un esposo muy meticuloso con sus cosas personales y una suegra un poco entrometida, en nuestra vida familiar. Pero esa es sólo una parte, trabajaba a escondidas porque mi papá se enojaba si lo hacía y además lidiaba con las críticas y prejuicios de sus propios padres. En fin, no todo era difícil: venían las vacaciones y con mi madre al volante, mi abuela materna de copiloto, mi tía, mis hermanos, mis primos, las enormes ollas y los tuppers con comida, nos subíamos a una camioneta LTD (color vino) y nos aguantaba durante 6 horas y media hasta el hermoso y bello puerto de Acapulco. Sin ipads, iphones, tv en los coches, ni nada más que el cañón del zopilote y varias paradas porque los mareos hacían sus estragos, llegábamos unos días antes que los hombres de mi familia y de ahí hasta que regresábamos no sólo cocinaba para 6 sino para 20. Desde entonces hasta el día de hoy, ella todos los días combina la casa, sus cosas personales, sus hijos, sus nietos y sus hobbies: ver la lucha libre, la fórmula 1, el box y hasta el fútbol americano y soccer. Pero más allá de todas estas condiciones cotidianas, estaba el trabajo más retador: educar, enseñar, convencer, sugerir y coachear a sus hijos y ahora a los nietos. Yo en especial, reconozco su prudencia, su sabiduría y su constante silencio que evoca al observador que todo lo observa, su escucha atenta y luego de un silencio -que me parece eterno- sus atinadas, preguntas, sugerencias o afirmaciones tajantes, que amplían en 90 grados mi visión de la vida. Entre más practico el coaching, más veo que en muchas ocasiones nuestras madres, son nuestras coaches de vida, nuestras executive coaches y hasta muestras team coaches. Hay unas muy sabias y otras no tanto, pero créame: ser mamá, es todo un reto. Porque quizá lo menos difícil es la logística cotidiana, pero ya ser el contexto de amor, apoyo y comprensión de los hijos es otra cosa. Hace un par de años, mi señor esposo y yo tuvimos un quiebre, pero uno de esos que parecen la falla de San Andrés, estuvimos separados durante un año, con papeles de divorcio en la mano. En ese año, mi mami fue mi confidente, mi mentora, mi amiga, mi vasija, mi líder, mi sensei pero en ningún momento me dijo qué hacer. Al año, decidimos luchar y volver, supe que tenía la aprobación de mi mamá, cuando celebramos esta decisión con mi familia y ella enfrente de mis hermanos, llamó a mi esposo y le dio la bendición. En vísperas del esperado 10 de mayo, reconozco y les doy un gran aplauso a las mamás que tienen un vocación natural para ser madres, pero un doble aplauso para las mamás que no la tienen y aun así están al pie del cañón, siendo la mejor versión de sí mismas para sacar adelante a sus polluelos. El reconocimiento es un regalo al corazón que nos damos a nosotros mismos, porque al reconocer algo en alguien más, vemos nuestra abundancia y riqueza de cualidades, actos, palabras, valores, et ; es decir, lo que apreciamos de ella, de sus palabras y sus acciones. El reconocimiento es la forma más poderosa de decirle a los demás que tienen un valor especial para nosotros, motivarlos para que crezcan, salgan de su zona de confort y busquen realizar sus aspiraciones, sueños y metas; pero sobre todo, el reconocimiento es un acto de lealtad, sabiduría y humildad para agradecer y atesorar. Te dejo el espacio libre de palabras y te invito a que reflexiones qué reconoces de tu madre y le digas, escribas o cantes en caso de que no cantes mal las rancheras el valioso regalo del reconocimiento y ¡claro! un vale por un día entero con masajes, faciales y todo lo que a las mamás nos encanta en un Spa. Feliz fin de semana, Vanessa.

Vanessa Sánchez Jarero es entrenadora y coach profesional.

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