Es comprensible que el presidente de la República no haya visto o escuchado con atención los diez actos organizados por los gobernadores de la Alianza Federalista; era casi imposible. Por eso, no es extraño que sólo haya respondido al resumen que registró este histórico acontecimiento como un vociferío de mandatarios bravucones que quieren más dinero. 

Pero ojalá tenga tiempo de escuchar con un poco más de atención, porque la mayoría de los gobernadores dejó hablar a los sectores, a los presidentes municipales, a líderes sindicales y dirigentes empresariales. A maestros y científicos, a deportistas y presidentes de tribunales. 

Si tienen 15 minutos, escuchen, no al gobernador de Jalisco, sino al presidente municipal de León o al rector de la Universidad de Guadalajara. Ese alcalde y ese rector, pero también un empresario de Colima, un diputado local de Nuevo León, un productor del campo en Michoacán y muchos otros que hablaron a su gobernador, a su estado, al Presidente y a los mexicanos, pusieron de manifiesto la desgracia del arreglo anterior a los fideicomisos, anterior a los fondos de seguridad, anterior a los desaparecidos recursos de los ramos 15 y el 23, anterior a los programas sectoriales. Ese arreglo, el viejo, el que tenía todos los centavos en el puño de un presidente, es al que se está regresando con graves repercusiones para todos los municipios del país, no sólo a los de la Alianza Federalista. 

El primer golpe fue el de los fideicomisos. Su eliminación no sólo le pega al CIDE, golpea a Aguascalientes. No sólo ahoga al Centro de Investigación Matemática; le hace un agujero a Guanajuato. No sólo aprieta al Colegio de la Frontera Norte; se la pone difícil a Tijuana. 

Pero eso es sólo un botón de muestra. Más grave quizá es el estrangulamiento a los gobiernos municipales de todo el país a través de la reconcentración de recursos que se habían arrancado al puño presidencial con fondos concursables, programas especiales, bolsas directas para proyectos de obra o seguridad. Esos fondos, esos programas, eran un parche desastroso, pero eran mejor que el puño cerrado. Cada año eran bolsas a pelear y no hay duda de que su naturaleza primaria era clientelar. Así funcionaba el PRI. Abría el puño para distribuir a quien lo mereciera, para tener zanahorias y garrotes. 

Siempre se peleó para que esas bolsas semiquitadas al dios tricolor se convirtieran en recursos irreductibles para evitar la relación de lamebotas con el secretario de hacienda en turno, pero nunca se logró. Por eso era infrecuente que un gobernador bravuconeara como lo hacen ahora. Había incentivos para callar y seguir negociando: había bolsas. 

No cabe duda de que esas bolsas distorsionaron la relación federal. La verdad es que sí había que quitarlas, pero destinando esos recursos a estados y municipios, con mecanismos para eficientar su gasto y garantizar la transparencia. Ese era el camino; es más largo, pero es el único que construye capacidades y hace crecer al país como se debe. Sin embargo, la senda que eligió el actual gobierno federal fue la de regresar al puño cerrado. Muy muy cerrado. En el camino, dejará sin margen de maniobra a los gobiernos locales, pero también deja sin incentivos de lamebotismo a los gobernadores. Es una espada de doble filo: los orilla a hacer política de confrontación. 

Ese modelo ya lo vivimos. Propone soluciones generales para todo el país, diseñadas desde un solo punto, sin la competencia y concurrencia de autoridades regionales. Ese modelo ahoga el desarrollo de los estados, ahorca la política en México, engorda el poder presidencial y requiere mucha, mucha fuerza para mantener el orden y la gobernanza.

De ahí veníamos y no funciona. Díganle a Morena, explíquenle al Presidente.

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.