Tomás Garrido Canabal, el caudillo de la región tabasqueña durante la Revolución Mexicana, tiene algunos paralelos con AMLO y la 4T, y López Obrador lo cita con frecuencia en sus numerosos libros, como cita José Luis Trueba en su libro La patria y la muerte (Grijalbo, 2019), en el cual analiza los riesgos del extremista nacionalismo revolucionario moralizante, hechas sus diferencias.

Fue quizá uno de los revolucionarios más atrabancados, se veía a sí mismo como el más acabado ejemplo del hombre “nuevo” de la Revolución Mexicana ¿podemos hablar del interés de fabricar un hombre nuevo de la 4T y su Constitución moral? Era, a diferencia de AMLO, un ateo irredento, un hereje sin par, no fumaba ni bebía, y por supuesto tampoco apostaba. Los gallos, los dados y la baraja sólo merecían sus maldiciones (¿el neoliberalismo?). Y quizá ocurría lo mismo con los volados y la rayuela que practicaban los degenerados que se pasaban los días en las cantinas y las pulquerías (¿ahora el crimen organizado?). Por si esto no fuera suficiente, Don Tomás —con todo y sus ojos claros— era el paradigma de la productividad y el más abnegado creyente del socialismo en su versión tropical. Y si alguien se atrevía a dudar de todas estas virtudes casi ontológicas, él poseía una adicional que superaba a las anteriores: había proclamado que la ley no le interesaba, pues lo único que regía sus acciones era el ímpetu de dar una nueva forma a la sociedad (¿cambio de régimen, aceptación de renuncias de la gente no digna de la 4T? Dijeran lo que dijeran las leyes, a él sólo le importaban la redención del pueblo y de la justicia de a de veras (p. 152).

El nuevo mundo de Garrido no se tardó mucho en mostrar sus logros, y la más siniestra de las locuras se adueñó de Tabasco; las mujeres que trabajaban de profesoras de inglés fueron obligadas a dejar los coloretes... en el edén que estaba naciendo, ellas no podían parecer burguesas ni pirujas; en los bailes que se organizaban a la menor provocación con tal de darles en la torre a los días de guardar, las jóvenes tenían la obligación de entrarle a la pachanga con los revolucionarios y desfanatizados. Nada de bailar con los conservadores, con los persignados imbéciles o con los enemigos de “la causa”. Ellos sólo merecían el desprecio, y apapacharlos era un acto en contra de la patria. Por su parte, las escuelas —algunos años antes de que Cárdenas proclamara la educación socialista— enrojecieron al buen saber y entender del caudillo que promovió un racionalismo excesivamente radical, y con ganas de llegar hasta las últimas consecuencias, Garrido se metió también en la prensa con tal de enmudecer a los enemigos de la gran transformación. La supremacía de Redención —el periódico oficialista del estado— estaba más allá de cualquier duda. Las voces de la oposición se volvieron mudas... y más les valía hacerlo: Garrido y sus seguidores no se andaban con medias tintas (p. 153).

El desfanatizador más fanático pronto se lanzó en contra de su enemigo mortal: la Iglesia que embrutecía a los tabasqueños para entregarlos a los mismísimos faraones (¿el neoliberalismo?), los cuales sólo querían, al decir de Adalberto Tejeda a una situación igual a la de los oscuros tiempos que precedieron al final de nuestra sacrosanta guerra de reforma. No en vano Garrido había declarado que, para ser libres, es necesario destruir las raíces del virus religioso (otra vez, ¿algún parecido con la extirpación del neoliberalismo?). Garrido Canabal no sólo buscaba moldear las conciencias para dar a luz a los verdaderos hijos de la Revolución (¿la 4T?), las preocupaciones por la degeneración que provocaban el alcoholismo y las prácticas nefandas también estaban en su proyecto. Tabasco se convirtió en un estado seco.

El reinado del nuevo caudillo no fue eterno: al final se pasó de la raya y terminó exiliado en Costa Rica. Sin embargo, las marcas de sus campañas se mantuvieron durante varios años (¿las ganas de impedir el retroceso de la 4T?).

Si bien es cierto que las leyes y acciones de los revolucionarios buscaban terminar con las taras ancestrales para crear al hombre nuevo, también lo es que pusieron en marcha un proyecto que involucraba casi la totalidad de la persona, con tal de construir el futuro promisorio. ¿Les suena a algo parecido?

*Máster y Doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.