Una de las variables que registran un rezago notable es la de la productividad de la mano de obra, ya que en las últimas décadas su crecimiento ha sido muy lento y en varias ocasiones ha sido negativo. Lo anterior tiene importantes implicaciones, principalmente para el bienestar de las familias, que no registran aumento de sus ingresos, aunque también afecta a las empresas.

En un entorno competitivo, las empresas tienen el incentivo de invertir en todo lo que favorezca su posición en el mercado e incremente su competitividad, siendo uno de estos aspectos la capacitación de su mano de obra, así como la búsqueda constante de mejores técnicas de producción, entre ellas maquinaria y equipos nuevos, así como modelos de organización, que tienden a hacer más productiva a la empresa y, por lo tanto, a pagar mejores salarios, al requerir personas mejor calificadas para sus procesos y líneas de producción.

Con la apertura de la economía mexicana al libre comercio, una de las ideas era que las empresas tendrían el incentivo para invertir y mejorar en todos sus aspectos, debido a que tendrían que enfrentar la competencia en serio de productos importados, muchos de ellos a precios más competitivos.

No obstante lo anterior, esto no ha sido así y lo que hemos observado en los últimos 20 años ha sido que sólo las empresas extranjeras y algunas de las conectadas a las cadenas de exportación tienen el incentivo de invertir, y lo hacen. Esa inversión mejora el bienestar de sus trabajadores, aunque desafortunadamente esto no pasa en el resto de la economía.

En sentido opuesto a lo que se recomendaría para una economía en las condiciones en las que estaba la mexicana, la autoridad decidió adoptar como medida de política industrial apoyar a las micro, pequeñas y medianas empresas con programas que semejan más al multisonado Oportunidades, diseñado para personas en condiciones de pobreza, que para empresas que se busca se hagan competitivas. El resultado ha sido una gran polarización entre las grandes empresas exportadoras y las integradas a las cadenas productivas y el resto de las mismas, en donde vemos que su número crece año con año, manteniendo también una elevada tasa de cierres y fracasos, lo que incide en el bajo crecimiento de la productividad.

Observando de cerca algunos de los programas mencionados, se nota que rara vez se pone atención a la forma como se va a medir el resultado de algunos de los apoyos y cuando se hace, rara vez está relacionado con aumentos observables y medibles en el empleo formal, mayor productividad, salarios, utilidades o el pago de impuestos.

No va a ser sencillo revertir esta situación, ni con las reformas estructurales, a menos que se ponga mucho énfasis en la promoción de la competencia en los sectores, que como hemos mencionado es una condición necesaria, aunque no suficiente, para que haya un incentivo para mejorar la productividad y las percepciones de los trabajadores.

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