Ya se logró acuerdo, ¡felicidades, México! Nos han vendido la idea de que la firma del TLCAN dará seguridad a los mercados, atraerá inversiones y de que se logró la eliminación de muchos de los condicionamientos que exigía Estados Unidos para su celebración, como la cláusula sunset, el aumento del porcentaje de la regla de origen en materia automotriz, la eliminación de los procedimientos de resolución de controversias, la reducción de la estacionalidad para poder exportar productos agrícolas al país de las barras y las estrellas. Tal parece que nuestros negociadores fueron unos genios, que lograron aplacar al lobo y mostraron una sagacidad a prueba de El príncipe de Maquiavelo.

Pero ¿son las cosas tan bonitas cómo nos mencionaron? ¿Se logró un acuerdo parejo? Para poder saber eso no habrá de otra que esperar la publicación de los textos en el Diario Oficial. Pero, como señala Profeco respecto a los consumidores, el problema estará en la letra chiquita para lograr detener las poison pill de Estados Unidos. Y hay, al menos, dos factores que nos llevan a pensar que la realidad no fue tan bonita; más bien que nos metieron muchos goles, que tendrán efectos directos en nuestra industria y nuestras exportaciones a EU: la personalidad de Trump y la rapidez con que se logró el acuerdo.

Trump es duro de negociar. En su propio libro sobre negociación dice que hay que echarle todas las carnes al asador cuando se tiene enfrente un negociador débil. Y simplemente por la posición de México frente a Estados Unidos en cuanto importaciones y exportaciones dependientes de nuestro vecino del norte, éste es el caso. México depende en 47% de su PIB del país del tío Sam. Ahí va a parar 80% de nuestras exportaciones; el TLCAN es el tratado que permite igualar la balanza comercial que México tiene con otros países. Pero también el ratón puede espantar al elefante; México tenía cierto margen de maniobra que no sabemos si empleó bien (el capítulo farmacéutico fue, de acuerdo con Mauricio Jalife, experto en propiedad industrial, muestra de una entrega vergonzosa).

La otra cosa sospechosa es la rapidez con que se cerró el acuerdo, ahora parece ser que bilateral (otro gol de Trump). Tras un año de inútiles negociaciones, de tener estas estancadas, en cosa de muy pocas semanas se destrabó el Tratado. Por tanto, una cosa es lo que se anuncie y muy posiblemente otra, la que se acordó. Decía un sabio santo que las cosas importantes deben esperar, y las más importantes deben esperar todavía más. Despacio que voy deprisa. Y nuestros negociadores actuaron plenamente en contra de esa máxima (no sabemos si la prisa de Peña Nieto o López Obrador de ponerse rápido una medalla, ante la triste situación económica y social que guarda el país, el cuasi-Estado fallido en el que nos encontramos desde el inicio de la absurda guerra contra el narcotráfico del presidente Calderón). Qué hubiera importado si, en lugar de aprobarse en agosto, los tratos hubieran permanecido el tiempo necesario. El TLCAN anterior hubiera mantenido su vigencia. En el peor de los casos, hubieran comenzado a aplicarse las reglas de la OMC, en donde Estados Unidos tiene muy pocos aranceles a la importación (en vehículos el promedio es de 2.5 por ciento). No se hubiera acabado el mundo. Si la negociación del TLCAN llevó muchos meses, casi más de un año, por qué tenía que haber sido distinta la renegociación.

Estos dos motivos hacen sospechoso el texto que se firmó. Por lo pronto, ya se anunció que 26 modelos de coches fabricados en México no van a poder cumplir con una regla de origen de 75 por ciento. Mal inicio. Y lo que mal empieza, mal acaba. Ojalá nos equivoquemos; nos daremos cuenta cuando el texto del Tratado se publique en el Diario Oficial en su totalidad.

*Máster y doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife, Caballero & Asociados.