Desde hace un año, parece que vivimos dos países diferentes: uno, anacrónico, que huele a rancio, a tufo, anclado en un oscuro pasado, donde nuestro país fue objeto de las peores tragedias e injusticias humanas, en épocas parangonables a la Independencia, la Reforma y la Revolución. Parece que México debe olvidar ese pasado, que la nomenclatura denomina neoliberalismo, y que el otro grupo, el de los iluminados, corregirá al primero cual la segunda venida de Cristo a la Tierra, con su profeta al frente, donde los que antes abusaron, saquearon, robaron, son los que ahora pagarán las consecuencias de sus actos inmorales hasta la horca. Por este motivo, los apestosos, hace un año alabados y con liderazgo de opinión, ahora se cambian el apellido, se mantienen en el silencio nacional —salvo cuando se encuentran en sus “estructuras”—.

Junto a los dos países diferentes, asistimos también a narrativas de dos clases diferentes de seres humanos, los avanzados y los apestados, según los primeros parecería a veces que pretenden que es el mismo Cristo que viene en cabeza a gobernar México —la divinidad en Palacio Nacional—, poseen sistemas distintos, tienen a la prensa en su contra, son incomprendidos, pero son los que liberarán a nuestra nación de 10,000 años (no tres siglos) de oprobio y conseguirán poner a México no en la cima del mundo, sino de un cielo mezcla de mito, historia, mentira e indefinición que le dieron por llamarle la 4T, cuando México ha tenido al menos 5T (la Conquista, la Independencia, la Reforma, el salinismo y López Obrador). No nos preocupemos: saben cómo reactivar a Pemex, eliminar la corrupción para lograr un hombre nuevo al estilo marxista, vivir en una euforia de amor y paz y donde los enemigos se darán la paz en algún momento como un cuento de hadas. Todo lo que no se parece a esta historia tan hermosa (riesgos de recesión, inseguridad social, desempleo, pérdida de medicinas a mitad de camino hacia el hospital), todo ello no es más que ideas que un grupo de amargados quieren transmitir cuando México se apresta a vivir el primer año de su líder divino, visionario, dadivoso. Y ellos piensan, si nuestro líder goza de estas cualidades probadas (histriónicas, de reflejos, de ideal, de arrastre, de visión y liderazgo), por qué este afán en verlo como su opuesto. Les falta una medicina de pejicol. ¿Cuando ésta se toma, todos los fantasmas de la contraparte desaparecen, de forma más rápida a una cruel depresión, la riqueza llegará?

¿Cómo me ha dado la impresión que han convivido estos dos grupos? ¿Son relaciones constructivas, de amistad, que formen comunidad, o todo lo contrario: desprecio, desdén y rechazo, cuando hace poco más de un año las mismas personas se comportaban de un modo visiblemente opuesto al que encarnan hoy? Tonnies dijo que en las sociedades viven fuerzas cósmicas, jeroglíficas, cosmológicas, oscuras que son las que hacen posible la vida en sociedad. Algo similar diría Freud, el padre del psicoanálisis, con su teoría de la libido, Octavio Paz en El laberinto de la soledad al hablar del pachuco, Roger Bartra, Samuel Ramos, Martín Luis Guzmán.

México ha sido durante lo que llevamos del año político más parecido al tipo de sociedad que mencionan estos autores, que la luminosidad de Star Wars que nos ha pretendido imponer otra. Lo que está claro es que o ponemos unos nuevos códigos de conducta y de comportamiento para llegar a alguna parte, o unos llegarán al águila sembrada en un nopal mientras los otros irán a la isla de Utopía de Moro, pero mucho menos felices que como los define nuestro autor. Ya no somos dos méxicos, somos dos esquizofrenias. Y si yo fuera psiquiatra estaría mucho más preocupado por este síntoma que por el de la felicidad, un síntoma que tiene por meta de camino la locura, de la que para consolarnos tendremos que hacer un Elogio, como Erasmo, el gran humanista renacentista.

*Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del Área de Competencia, Protección de Datos y Consumidores del despacho Jalife& Caballero.