Acaba de llegar el término del primer año de López Obrador. Los periodistas que no han perdido el empleo no se han dado abasto en la cobertura de cada día de las decisiones, y el contenido de las mismas, del presidente López Obrador. Muchas de ellas ya habían sido anunciadas durante su larga campaña; otras fueron resultados de coyuntura —la Guardia Nacional—; también se dieron situaciones que pusieron al país al borde de la crisis (desabasto de gasolina, incremento exponencial de la inseguridad, baja de la calificación a Pemex y, por ende, el riesgo de que los bonos de la empresa productiva del Estado se vayan a niveles basura y se afecte el grado de inversión de México y, por tanto, tengamos crisis financiera).

Pero como decía Ortega y Gasset, la vida hay que vivirla hacia adelante. Es verdad que las empresas están al borde de la recesión económica (lo que afectará el empleo); no sabemos si la Guardia Nacional vaya a funcionar; Trump embiste en el horizonte con nuevos aranceles mientras el T-MEC se firma pero su ratificación se estanca; hay otros datos adicionales (como la caída de la confianza y la inversión empresarial), pero mi propuesta es que las crisis son un problema, pero también son una oportunidad que hay que aprovechar, a la vez que hay que apostar en esta ocasión por el largo plazo, pese a lo que nos diría Lord Keynes de que en el largo plazo todos estaremos muertos, empezando por Andrés, que también será afectado tarde o temprano por la muerte, para quien espere demasiado de su gestión, sin desear ni mucho menos que el jefe del Ejecutivo fallezca.

Las empresas milenarias (por ejemplo, las asiáticas), apoyadas por la filosofía confuciana, están acostumbradas a trabajar en escenarios inciertos. Como decía el propio AMLO, yo soy yo y mis circunstancias, pero tengo que aprender a tener bajo control la circunstancia de manera que mi yo se deje llevar por la circunstancia. Desde que mi familia llegó a México en 1981 la palabra crisis no ha dejado de aparecer en los periódicos. Sexenios estables han sido más bien la excepción. Las crisis transexenales han sido la regla, al menos desde 1976; su no aparición, la excepción. Y si la población mexicana está educada a sobrevivir en el reto —ahora quizá aumentado por los riesgos de la inseguridad—, las empresas mexicanas —también las pocas grandes antes nacionales y ahora compradas por multinacionales extranjeras— también viven desde hace décadas en un entorno de desventaja (crédito caro, poco dinero público-privado para investigación y desarrollo, ausencia de una política industrial, elevada carga fiscal) y están acostumbradas a vivir en entornos difíciles, por lo que sin dejar de quitar el dedo del renglón en que nos encontramos a un paso de la recesión técnica, que lamentablemente siempre implica pérdida de empresas y de empleos, a la que quizá habrá que acostumbrarse durante un largo tiempo, dejemos de lamentarnos y pongámonos a actuar.

Hay algunas medidas de mejora de la competitividad que no dependen exclusivamente de los ingresos del Estado. Ahí los agrupamientos empresariales tienen mucho por hacer (creación de clústeres, fundar o apoyar centros de investigación tecnológica, formación de redes empresariales y para la exportación. El ejemplo del tejido de la corte y confección al norte de Italia alcanzó calidad mundial a pesar del gobierno italiano, que no apoyó el proyecto más que en las palabras (Italia cambia de Legislativo cada 15 días), pues las empresas textiles italianas sirvieron de base para inspirar la creación de las empresas integradoras, de las que hablaremos en otra ocasión.

*Máster y doctor en derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del Área de Competencia, Protección de Datos y Consumidores del despacho Jalife& Caballero.