A pesar de que desde este inicio de marzo el presidente Barack Obama presentó su iniciativa presupuestal para el año fiscal 2015, la realidad es que desde ahora se antoja que será un tránsito difícil en el Congreso, que podría no quedar aprobado a tiempo.

La relación entre los demócratas que gobiernan y los republicanos que controlan la mayoría de la Cámara de Representantes ha sido muy mala y no parece que pudiera mejorar durante los próximos meses.

Por el contrario, hay elecciones a la vista y eso altera más a ambos bandos.

La iniciativa presupuestal de Barack Obama no es muy diferente a las que anteriormente ha presentado: un privilegio del gasto público, un aumento de los ingresos vía impuestos a los que más ingresos tienen.

Y en medio de la estrategia de ingreso y gasto, está el permanente intento de corregir el déficit fiscal que tanto pesa en la salud financiera de ese país y por lo tanto en el resto del mundo.

Pero los republicanos del Congreso apenas se dieron tiempo de leer el adelanto de las notas informativas del periódico para decirle a Barack Obama que ni lo sueñe. Es más, le dijeron que se trata de las cuentas más irresponsables que han hecho en la Casa Blanca desde que sacaron a Bush del Salón Oval.

La administración demócrata piensa lo contrario, habla de un plan presupuestal que busca hacer crecer la economía, que ayude a los que menos tienen y cobre más a los que más tienen. Este no es un discurso de acercamiento con el Congreso, es una letanía de campaña porque este año en el Senado se ponen en juego 33 escaños que los demócratas quieren ganar para mantener la mayoría en ese órgano legislativo.

Al tiempo que en las elecciones de la Cámara de Representantes, Obama sueña con recuperar la mayor parte de los lugares para sus correligionarios y poder así terminar con más tranquilidad su mandato y tenderle la cama al candidato, o quizá mejor dicho a la candidata a las próximas elecciones.

El problema de asumirse como jefe de campaña, de ponerse la casaca partidista, es que un jefe de Estado pierde algo de la visión global, que tiene la obligación de mantener.

Las elecciones legislativas serán la primera semana de noviembre, cuando el Congreso debió ya aprobar el paquete presupuestario del año fiscal que de hecho inicia en Estados Unidos el 1 de octubre.

Pero está claro que la discusión de la parte central de la forma de cobrar impuestos y gastar coincidirá con las campañas.

Así es que si ya habíamos visto una guerra abierta y sin cuartel entre los dos partidos, con el incentivo electoral en medio, las batallas podrán ser peor.

Lo que tenemos garantizado son los mensajes de advertencia de unos y de otros del peligro de no hacer las cosas como ellos piensan.

Por eso es que a pesar de que falta tanto tiempo por delante para analizar y aprobar este plan presupuestal de los Estados Unidos, lo cierto es que la descomposición política estadounidense hace que estos meses pudieran pasarse como el agua y sin resultados concretos.