La gran duda es cómo financiará el gobierno estadounidense una pérdida tan grande de ingresos, cuando su plan de recortar gastos de los servicios médicos de la población fracasó.

Si ve que en estos días anda particularmente feliz el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no crea que es porque festeja sus 100 días en el poder. Más bien está eufórico con el regalo que él mismo pretende darse con su plan fiscal.

Lo que más debe gustarle al empresario es que con su plan fiscal busca una notable disminución de impuestos a las grandes empresas y las propias compañías del imperio de Donald Trump se ahorrarán muchos millones de dólares. Las compañías de Trump están entre esas que pagarían ya no 35%, sino 15 por ciento.

Los beneficios fiscales planteados para las clases medias no se acercan ni por mucho a los beneficios que se proponen para las grandes firmas de ese país.

Y lo que son las cosas, fueron precisamente las clases medias menos educadas y menos favorecidas las que llevaron al poder a Donald Trump y todo para que al final quedara claro que lo suyo es la plutocracia.

La gran duda es cómo financiará el gobierno de Trump una pérdida tan grande de ingresos, cuando su plan de recortar gastos de los servicios médicos de la población fracasó. Si no pasó ese plan de despreciar y reemplazar el Obamacare la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, impulsada por la administración anterior , fue porque los republicanos lo impidieron.

De hecho, ahora mismo no está claro si sus compañeros de partido en el Congreso tendrán un respaldo total a un plan tan agresivo como el que plantea.

Estados Unidos no tiene margen de maniobra con su deuda, porque ésta ya superó 100% el tamaño de su economía y está cerca de los límites permitidos por el Congreso. El déficit fiscal que heredó el gobierno del republicano George Bush hijo fue corregido con muchas dificultades en tiempos de Barack Obama, pero no ha alcanzado niveles de equilibrio.

Recargarse en más deuda y más gasto derivaría en una crisis fiscal grave y en muy poco tiempo.

En cuanto a México, el peor escenario del plan fiscal de Donald Trump quedó eliminado. La aplicación de un impuesto a las importaciones, el Border Adjustment Tax (BAT), habría implicado un daño fuerte a las exportaciones nacionales, incluso más que cualquier escenario en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Esa barrera fiscal a las importaciones sería altamente competitiva con los planes proteccionistas de Donald Trump, ya que tendría que afectar a cualquier importador. No sólo a México, también a China, Europa, el resto de Asia, en fin.

Pero un BAT tendría un impacto inicial en la inflación y en las posibilidades de compra de su propia población. Por eso ni siquiera se atrevió a proponerlo, con todo que este gravamen era una alocada idea del líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, Paul Ryan.

Lo que sí implica un riesgo es que muchas empresas se sientan tentadas a pagar un impuesto bajo del otro lado de la frontera y, por lo tanto, hagan sus maletas para establecerse en aquel país donde su presidente apapacha tanto a los grandes capitales.