El diagnóstico de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) sobre la agroindustria es demoledor: el conjunto de políticas neoliberales aplicadas al campo ha originado un grave rezago productivo del sector agropecuario en relación con el crecimiento de la población. Del trienio 1980-1983 al 2001-2003, el PIB agropecuario forestal y pesquero por habitante se redujo en 11.1 por ciento. En otras palabras, en tanto la producción total de alimentos avanzó a un ritmo anual de 1.4%, la población del país creció, en el periodo de referencia, a una tasa de 1.9% anual.

Entre los productos afectados se encuentran los principales granos (maíz, frijol, trigo, arroz, soya, sorgo, cártamo y ajonjolí), cuya cosecha disminuyó de 341.2 kilogramos por habitante a 304.5 kilogramos, es decir, se redujo 10.8% durante el mismo lapso. La producción de carne roja, de leche y de maderas también han disminuido. En contrapartida, las importaciones agroalimentarias crecieron de 2,756 millones de dólares anuales en el período 1980-82 a 5,562 millones en el trienio 1991-1993, (justo antes de la entrada en vigor del TLCAN), a 11,881 millones de dólares por año en el lapso 2001–2003.

Es cierto que la agricultura de exportación ha crecido, pero se ha descuidado la producción para el mercado interno al grado de que el incremento en las exportaciones no ha contrarrestado el crecimiento de las importaciones de alimentos y materias primas. El déficit en la balanza comercial agroalimentaria pasó de 694 millones de dólares anuales en el período 1980-1982, a 3,055 millones de dólares por año en el trienio 2001–2003, y a 4,365.2 millones de dólares en el trienio 2011-2013.

En el periodo del TLCAN (1994-2015) se han importado alimentos por un total de 357,570.7 millones de dólares; cada año hemos tenido que sacar 16,253.2 millones de dólares de nuestra economía para comprar alimentos que podríamos estar produciendo. El saldo acumulado de la balanza comercial agroalimentaria en el período del TLCAN (1994 -2015) ascendió a 60,719.6 millones de dólares, con un déficit promedio anual de 2,760 millones de dólares. Hay que recordar que por cada dólar en alimentos que México importa no sólo transfiere al exterior divisas escasas que podrían utilizarse para otros fines, sino que pierde empleos rurales al subutilizar sus recursos naturales, reducir los ingresos campesinos y aumentar la pobreza rural. Perdemos, además, efectos multiplicadores de la actividad agropecuaria sobre la producción, el empleo y la inversión en todas las ramas de la economía.

Debemos señalar que a causa del deterioro agropecuario hemos pedido empleos rurales. En 1993, la población ocupada en el sector agropecuario era de 8,842,774 personas, y en el 2003 se redujo a 6,813,644; esto es, tan sólo en ese periodo se perdieron 2 millones de empleos en el campo. Para el 2016 la población ocupada en el sector se redujo a 6,615,476. En consecuencia, se ha incrementado la emigración del campo hacia las grandes ciudades y el extranjero. Según el Consejo Nacional de Población, durante los primeros tres años del gobierno de Vicente Fox, el flujo de mexicanos a Estados Unidos aumentó a un nivel histórico de 410,000 personas por año.

En los últimos tiempos, México se ha convertido en el país que más mano de obra expulsa al extranjero. Antes, la emigración era fundamentalmente de los estados del norte y del centro. Ahora, los campesinos de Veracruz, Chiapas y Tabasco, sobre todo los jóvenes, están optando por emigrar. Todo ello, a pesar de que en México hay recursos naturales en abundancia, un profundo amor por la tierra y una clara vocación productiva. Es cosa de imaginar cuánto conocimiento acumulado por siglos poseen los indígenas y campesinos de México.

Sin embargo, el desprecio por toda esta sabiduría ha sido la constante durante el periodo neoliberal o neoporfirista. Quienes han manejado la política económica nunca han mirado hacia el campo. Todavía retumba la sentencia de Pedro Aspe, secretario de Hacienda de Salinas, cuando afirma que en un mundo globalizado no había necesidad de fomentar al sector agropecuario porque se podía adquirir afuera todo lo que se necesitara y podría costar más barato . Los estragos de esta manera de pensar simplista e irresponsable están a la vista: por el abandono del campo se cayó la producción y se produjo la migración, desintegración familiar, descomposición social y, por ello, en gran medida, se desató la inseguridad y la violencia.

Y aunque parezca increíble, aún existen funcionarios que en vez de optar por el desarrollo rural consideran mejor que la gente se vaya a trabajar a Estados Unidos.

*Máster y doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.