Ya nadie recuerda cómo era un mercado abierto a la competencia energética.

Sigo con la duda de quiénes serán los policías que habrán de aplicar el nuevo reglamento de tránsito de la Ciudad de México.

¿Los mismos que hoy reciben mordida de los que apartan lugares en la calle? ¿De los que no son capaces de infraccionar a un microbús que en sus narices viola cuanta disposición legal existe? ¿Los que no son capaces de respetar las reglas y hablan por teléfono mientras manejan y no usan el cinturón de seguridad?

Hay una desconexión entre los que visualizan una ciudad con orden, desde sus escritorios, y la realidad en el terreno de batalla, donde la anarquía que padecemos en la promocionada CDMX es patrocinada por la misma autoridad.

Esa desconexión entre la letra del nuevo reglamento y la realidad de la autoridad y los ciudadanos hacen ver los lineamientos de tránsito que entran en vigor el próximo mes como una prestación para los uniformados y un instrumento recaudatorio más. Ya lo veremos.

Otro de los grandes vicios nacionales es el paternalismo gubernamental. Los subsidios generalizados son una de las peores expresiones de esa práctica que distrae enormes cantidades de los pocos recursos disponibles para dar un beneficio universal que más bien suena a dádiva política.

Los precios controlados del siglo pasado fueron una de las peores expresiones de este sistema. En México se controlaban los precios lo mismo de la leche que de las tortillas, lo que evidentemente desalentaba la competencia.

Y hoy, como residuo de esa política, arrastramos precios controlados en los productos y servicios de los monopolios del Estado. Por eso es que la energía eléctrica y las gasolinas, entre otros precios, hoy se rigen por decisión gubernamental.

Afortunadamente, en las leyes ya se abrieron las puertas a la competencia, pero los cancerberos de las puertas de las libertades económicas se resisten a la economía de mercado.

A los mexicanos no nos parece natural que los precios de las gasolinas se comporten de acuerdo con la oferta y la demanda. No hay una sola persona viva en este país que pueda recordar cómo era un mercado abierto a la competencia energética.

Por ley, a partir del 2018 la oferta y la demanda tendrán que regir el precio de las gasolinas y el intento que se hizo de adelantar esa apertura para el próximo año se topó con dos enormes paredes.

Una, la de los impuestos altos que dejaron la Secretaría de Hacienda y el Congreso para esos combustibles, y los vestigios del paternalismo que corre por la sangre de muchos políticos que decidieron mantener un precio controlado para el próximo año, con el caramelo de una flotación de más, menos 3 por ciento.

Es muy conveniente tomar en cuenta esta decisión para anticipar qué es lo que sigue. Porque las leyes están claras respecto de la apertura. Pero también sabemos que los políticos en pánico pueden recular en el último momento.

Si hoy que los precios son favorables a los consumidores, y que así serán durante varios meses, no se animan a hacer lo correcto, ¿qué podrá suceder rumbo al 2018, cuando se prevé un repunte en los precios de los hidrocarburos y se garantiza una conducta preelectoral de los políticos mexicanos?