Los jefes de Estado, se refieren entre sí como Jefes de Estado, es una costumbre que deja las cosas claras. Mucho cuidado tuvieron los gobiernos revolucionarios del siglo XX de hacerlo. Que el presidente de México se refiera como “Su Santidad” en la carta enviada con la mensajera más extraña que un país democrático y liberal (eso suponíamos) pueda tener, (porque este no es un reinado), a través de su esposa, es por lo menos un asombro. Ella no tiene cargo formal. Su papel es la de ser la esposa, que debe ser muy complicado para ella, pero no lo tiene. Los reyes mandan a sus esposas, porque son el Estado en sí mismo. En las democracias las instituciones son las que actúan, no las personas.

Así comienza la carta de AMLO, que llevó Beatriz, para Francisco el papa, en sus intimidades sin declaración previa, sin anuncio, sino como una misión fraguada como declaración personal, sin que nadie, en particular tuviera noticia.

Nada que decir, por supuesto, sobre su firma en Francia en la que no sólo se da por posesión del presidente (ya no requerida por el código civil, Beatriz Gutiérrez de López Obrador) sino de su dislate de que ella firma en el 2021. ¿Qué no tienen asesores o correctores para no hacer tales desfiguros que el mundo comprobará por los siglos de los siglos? ¿Esa será la memoria de la 4T?

Seguidamente, en su carta, el Presidente no le pide o la cancillería no le solicita, sino él, el propio Presidente, que si le presta unos códices. Si fuera por canales diplomáticos, sería un detalle amable, pero en una carta personal es forzar al otro a una acción y pierde su sentido de corte diplomático y lo convierte en un asunto personal. Sin antes no dejar claro que: “Represento a un gobierno que está llevando a cabo un profundo proceso de transformación cuyo distintivo es la honestidad, la justicia y la austeridad, así como el amor al prójimo, precepto que, considero, es la esencia del humanismo. Estas convicciones y principios se inspiran en los más destacados acontecimientos históricos de México, porque en ellos están las grandes lecciones que han recibido en distintas etapas nuestro pueblo y sus dirigentes”. Le dice.

Cuando los países se sienten o son libres y soberanos, no tienen que andar dando explicaciones de lo que hacen y cómo lo hacen. Sencillamente piden unos códices y unas piezas, en préstamo y no necesitan justificar una acción política interna para lo solicitado, que por lo demás, es inexistente. Como si se hiciera verdad el primer versículo de San Juan: “y el verbo se hizo carne”.

Si la carta es una declaración de mea culpa: yo sigo tus pasos y por ello debes prestarme los códigos un año. Es una penosa declaración de mentiras. Ni hay una gran transformación. Ni existen más que ordenes que destruyen instituciones, consideradas ahorros. Ni existe un gran humanismo. El humanismo, luchó denodadamente contra la fraternidad universal. El humanismo crea instituciones de largo plazo para que no dependan las decisiones que afectan a las personas, de las decisiones de un político megalómano que cree que tiene la razón en todo.

La carta es lamentable, búsquenla, a mí me parece lamentable y una confesión de sumisión ante el Estado Vaticano. ¿Para qué? Es incomprensible, sobre todo si lo que está en juego es la 14va economía del mundo, pero como en nuestro país, el jefe del Estado es también el Presidente, nada que hacer.

Nuestra política exterior debería ser un asunto de Estado, no de los caprichos de una sola persona que quiere quedar bien en la sumisión. Una entrega que nos va a costar, ya se verá.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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