Primero las buenas noticias. El del domingo pasado, es lo más parecido a un debate democrático que se ha visto en una elección democrática mexicana. Los periodistas hicieron preguntas puntuales y por momentos complicadas para los candidatos, y de alguna manera, el formato permitió que estos exhibieran quiénes son y quiénes serían en el poder.

Dicho lo anterior, hay cosas que mejorar. El manejo de los tiempos fue más complicado de lo confortable, y exhibió las cualidades y limitaciones de los participantes para adaptarse. En ese aspecto Ricardo Anaya fue quien más provecho sacó de cada segundo, mientras que tanto López Obrador como Margarita Zavala, por razones distintas, se vieron titubeantes y en aprietos.

Hay que decir que los mismos periodistas tuvieron desempeños distintos. Azucena Uresti tuvo un par de tropiezos: el primero interrumpiendo a un candidato antes de que concluyera el tiempo designado y el segundo porque lanzó una pregunta sin que hubiera tiempo para que le respondieran bien. La pregunta exhibió a Zavala, que se dejó presionar y se quedó a medias al matizar su respuesta.

Los seguidores incondicionales de cada candidato pueden cuestionar estos aspectos del formato o hasta restarles valor, pero queda claro que parte del interés que despertaba el debate estaba en contrastar la capacidad de estos personajes para suscribir las reglas impuestas y transmitir su mensaje sin salir demasiado raspados.

Hubo mucha arrogancia en la postura de López Obrador y su equipo. Presentarse al debate sin preparación y discurrir, muy al estilo Trump, sobre la ventaja que lleva y cómo no lo van a poder alcanzar. Al ignorar los cuestionamientos, dejó claro que está cómodo con las encuestas y que no le interesan los indecisos o convencer a nadie que no esté ya convencido.

Se ha dicho que su campaña tiene una suerte de efecto teflón que lo hace invulnerable a los ataques mediáticos o de sus rivales. Esto se debe a varios factores:

(1) Se trata de una campaña de más de trece años sin mucha variación.

(2) Más que un proyecto de gobierno, vende su trayectoria personal, su carisma como figura política contestataria.

(3) Sus seguidores (como los de Trump), han asumido por partida doble una postura de “nosotros contra ellos” muy acorde a nuestro tiempo, y una creencia absoluta en la inevitabilidad de su victoria. La coexistencia de ambas imposibilita el diálogo o la crítica de cualquier tipo. La primera asume que si no estás con ellos estás contra ellos. La segunda asume que la victoria se dará porque el bien triunfará contra el mal, la justicia contra la injusticia y la verdad contra la mentira. Es una postura maniquea y arrogante, por supuesto, pero también impermeable al exterior.

Eso nos lleva naturalmente al tema de las propuestas. Existe la idea de que estos debates son el sitio propicio para que los candidatos presenten al auditorio, y a sus voceros designados (los periodistas), sus propuestas de gobierno. En el análisis se cuestiona y califica la calidad de sus propuestas y la claridad con que fueron expuestas.

Este es un tema curioso, porque presupone que frente a los grandes problemas nacionales, el auditorio es capaz de identificar qué propuesta es la mejor y más factible de implementar.

Quizá por ello resuena tanto la postura de López Obrador (como en su momento lo hizo la del Ingeniero Cárdenas). Sus presentaciones son diagnósticos bastante precisos de todo lo que está mal en el país. De eso sí que sabe mucho el auditorio. La enumeración de pobreza, inseguridad, corrupción, etcétera, conecta con un público que se enfrenta a esas situaciones en forma cotidiana. Después, sólo necesita decir que él lo va a arreglar.

Por eso se ha acusado a AMLO de decir lo que el auditorio quiere oír. Y es que después de conectar en el diagnóstico, la propuesta de solución cobra un cariz casi trivial. Una postura similar a la que se toma frente a un experto; a un médico, por ejemplo: el diagnóstico y la “creencia” de que él sabe cuál es la mejor solución.

Esto es algo que no han entendido los otros candidatos. El elector no sabe cómo resolver los problemas del país, sólo necesita creer que el candidato sí sabe, y que una vez en el poder tendrá la capacidad para ejecutar sus ideas.

Quizá debiéramos dar más importancia a los otros aspectos del debate. ¿Sabe el candidato dialogar con las personas que piensan distinto a él? ¿Sabe matizar sus ideas para llegar a acuerdos en conjunto con los “otros”? ¿Es capaz de adaptarse a imponderables o situaciones arbitrarias (como el límite de tiempo o el número de réplicas permitidas)?

El mundo real está lleno de esos imponderables, de opositores y de situaciones arbitrarias. Está lleno de urgencias y de negociación. ¿Es buen negociador el candidato? ¿Es capaz de persuadir de que sus ideas son mejores o sólo de aplastar a los que difieren?

Por eso algunos fallaron espectacularmente el domingo. Porque no supieron vender que ellos “saben” qué hacer y cómo. Una se tropieza al expresar sus propias ideas. Otro  lleva a cuestas el voto de castigo de un país desilusionado y no se atreve a desmarcarse del gobierno fallido en que participó. Uno más cree que la socarronería basta para posicionarse como “diferente”. Sólo quedan dos en pie, y penosamente tendremos que seguir viendo y escuchando a todos en los siguientes debates.

Finalmente. A los que celebran las ocurrencias del Bronco, debiera bastarles recordar el sexenio de Vicente Fox. Los problemas del país no se resuelven con ocurrencias irreverentes, y aunque el cinismo y el humor absurdo resuenen con el sentido del humor del mexicano, eso tiene un sitio en el mapa social y no es en la casa de gobierno.

Twitter @rgarciamainou

 

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).