Encarar la historia latinoamericana es adentrarse a un mundo donde la realidad se hace flexible y lo inverosímil cotidiano. Es caminar por un panteón de fantasmas que, contrario a los recordados por Dickens, nos acompañan toda la vida y no tan sólo en Navidad.

La historia regional no se limita a cuadernos o libros. Se aprende en canciones que suplican en su letra que no nos bombardeen o de las injusticias que se dan porque el idioma vernáculo no es inglés ni francés. Es aprender que, en un pasado, se dio importancia al sepelio de una pierna e intentó desaparecer el cuerpo de una primera dama. Es la melancolía de llorar una supuesta falta de héroes mientras se baila a ritmos que narran la muerte de migrantes o simplemente solicitan no olvidar las dictaduras.

Un deseo de recordar que transgrede la normalidad para a veces ser descifrado como las manchas del jaguar por un antiguo prisionero: la verdad tal vez no sea tan útil como parece. Dibujar un escenario puede llegar a ser más atractivo, aunque esto equivalga a concluir un ciclo como el mal interpretado decimotercer baktún maya donde paradójicamente la llegada de un cataclismo global creó más expectativa que la posibilidad de un renacer del conciencia humana.

¿Por qué llegamos a olvidar? ¿Por qué promovemos el olvido? ¿Qué ventaja tiene olvidar? Las respuestas pueden variar en complejidad y extensión pero al final la respuesta es la misma: evitar tener que enfrentar una decepción, lo que nos avergüenza, lo que destaca nuestros errores. Así, en un mundo cada vez más digital, la repetición de las mentiras descritas en la receta perfecta de la propaganda escrita por Goebbels se hace muy barata de implementar. Da lo mismo si el objetivo es modificar la memoria nacional sobre un evento histórico o el impacto de una iniciativa gubernamental en la población. La corta memoria facilita todo.

Lo irónico es que estos esfuerzos para impulsar el olvido son tan fallidos como los cambios a una vieja fotografía que nos narró Kundera. La búsqueda de esa buena noticia, ese enfermizo positivismo a costa de lo que sea, en lugar de beneficiarnos parece ser el catalítico para el eterno retorno tan venerado en el antiguo Egipto. O como lo dijo llanamente Santayana, “aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”.

Así, querer redefinir la evolución de un modelo de negocio tan difundido globalmente como el de los operadores móviles virtuales como su surgimiento en México es ignorar casi una década de experiencia en este sector. Años que deberían dejar como lección elementos que no se hicieron correctamente en la definición de su mercado objetivo, los peligros de competir en precio o el rol que juega la diáspora en un negocio nacional. Es un olvido forzado que, como todo olvido, es peligroso. Si triunfase el olvido no tendríamos la capacidad de reconocer en los versos de Piedra de Sol al calendario azteca y concebir que la existencia de Juan Preciado habría sido imposible. Artemio Cruz sería un nombre más.

El olvido, dentro de su absurdo, nos regala momentos pírricamente jocosos protagonizados por los políticos que van desde el intercambio de figuritas del Álbum Panini del Mundial de Futbol en medio de una sesión del Congreso hasta públicamente anunciar el pago de miles de millones de dólares para la construcción de un anacrónico muro fronterizo, cuantiosa inversión que sólo podría ser superada por tecnologías de avanzada como las representadas por un túnel, una escalera y una soga. Así, el olvido de la existencia de tales avances tiene como consecuencia alimentar la imbecilidad.

¿Qué se puede hacer frente al olvido? Simplemente recordar, porque como dijo un gran filósofo mexicano “hay momentos en la vida que son verdaderamente momentáneos”.

* José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC.

JoséF. Otero

TIC y Desarrollo

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es a título personal.