La repartición de la riqueza en el deporte no es equitativa y eso es una carnada para el amaño de partidos, lavado de dinero o apuestas.

Estamos de acuerdo en que ni en la mente más descabellada alguien puede afirmar que Gareth Bale vale más que Diego Armando Maradona o Pelé. Lo peor es que, para la realidad, así es. Diego (con todo y sus adicciones) es uno de los dos jugadores más importantes que ha tenido este planeta en todos los tiempos, pero eso el mercado no lo valoró en su momento porque para cuando él hacía magia en la cancha, las empresas apenas si coqueteaban con el deporte y en aquel momento poner dinero sobre la mesa en el futbol era un tema de riesgo.

Hoy las compañías deportivas, las cadenas de televisión, marcas e industrias saben que el riesgo es mucho menor, que invertir en el deporte es casi una garantía de éxito y, si es que no lo consiguen a nivel financiero, sí al menos en términos de marca e imagen.

Por eso vemos a la empresa de ropa Mango patrocinando a Zinedine Zidane, técnico del Real Madrid, a Lio Messi siendo la portada de videojuegos o a Bale costando más caro que leyendas como Diego o Pelé.

La industria deportiva ha crecido desmesuradamente y con cifras millonarias, ultramillonarias para ser precisos, pero ese dinero va a unos cuantos.

Por ejemplo, tan sólo si vemos nuestra Liga local, los precios por el valor de derechos de televisión son abismales entre Chivas y Veracruz o Puebla, hasta cuatro o cinco veces más le cuesta a las televisoras transmitir al Guadalajara.

El dinero no es igual y no es para todos. Los hombres de negocios defenderán que no se puede pagar lo mismo a Bale que a Orbelín Pineda, y claro que tienen razón, pero una de las grandes claves del éxito y que puede servir como modelo de repartición de la riqueza para todo el deportes está en la Premier League o la Bundesliga. El primer sitio gana más que el último lugar, pero la distancia no es mundo entero.

Y esa diferencia en el tema de la repartición de la riqueza no es explícita del futbol, lo es en cualquier deporte competitivo. El tenis, con la polémica más reciente por supuestos arreglos de partidos, no es la excepción. Hace algunos años, en una entrevista al comentarista de ESPN y extenista profesional Javier Frana, decía que son pocos los tenistas que realmente gozan de una buena vida, que la gran mayoría tiene que pelear semana a semana para obtener recursos y viajar a la próxima sede donde haya torneo.

La vida del deportista profesional no es sencilla y de los tenistas, menos, hace algunos años el argentino Leonardo Mayer vino a nuestro país a jugar una serie de torneos y se quedó sin dinero, un amigo le dio asilo y quien ahora es 36 del mundo la pasó muy mal en algún momento de su carrera. Ganar y avanzar algunas cuantas rondas para sobrevivir: una carnada deliciosa para los apostadores.

Y lo mismo ocurre en otras actividades. En el atletismo, el dopaje para muchos resulta la única posibilidad para estar entre los mejores del mundo, y eso se traduce, por supuesto, en mejores contratos comerciales; y tampoco es que haya dinero para todos, las cantidades más significativas ni siquiera superan los ocho atletas.

Ganar –desafortunadamente- como sea es el vehículo para tener una vida cómoda en el deporte. En algunas disciplinas como el beisbol, futbol americano, hockey, probablemente la estabilidad entre los atletas se extienda mucho más, pero en otros deportes no es así. Incluso la riqueza en el futbol mexicano es para unos cuantos, todavía hay jugadores en el primer equipo que apenas si cobran 3,000 pesos mensuales pero hay quienes perciben salarios superiores a los 300,000 pesos.

La industria ha cometido muchas injusticias a las que las autoridades deportivas no han puesto un alto, quizás con mejor repartición de los premios en los torneos o campeonatos. Se han creado figuras mediáticas como Bale (que es verdad que es un gran jugador, pero claro que no vale los más de 95 millones de euros que pagó Real Madrid por él) que son capaces de mover el mercado a su antojo y, por el contrario, ser un buen futbolista puede servir para nada.

Cuando el deporte se hizo negocio llegó con todas sus bondades y con todos sus males. Por eso, ahora que usted lee esto, tenga en cuenta que es probable que un tenista en el mundo (no de ésos que ve en las finales de Gran Slam o en los comerciales de marcas de lujo) puede estar durmiendo en un motel o en las peores condiciones... Insisto: carnada para el amaño de partidos.