La sacudida mundial que la pandemia del Sars-Cov-2 le ha dado a nuestra depredadora economía de productos desechables obliga a replantear nuestra propia supervivencia como especie. La pandemia no tiene como causa directa nuestra destrucción de los ecosistemas, pero sí es un buen ejemplo de que podemos vivir sin muchas de las cosas que nos parecían esenciales, así que aprovechemos la enseñanza y usémosla para salvar al homo sapiens, nuestra especie, de la extinción inminente.

Las señales de alarma son muchas y vienen de distintos lugares del planeta, desde los glaciares de Groenlandia, hasta los gigantescos icebergs que se desprenden de la Antártida, pasando por el deshielo que permite por primera vez en la historia navegar en verano de Europa a Asia a través del océano Ártico. La destrucción del Amazonas fomentada por el cavernario Bolsonaro afectará gravemente la captación de dióxido de carbono y la generación de oxígeno, al mismo tiempo que el permafrost de la tundra siberiana se derrite de manera acelerada liberando a la atmosfera millones de toneladas de metano. Una sola tonelada de metano tiene un efecto sobre el calentamiento del planeta treinta y tres veces superior al de una tonelada de dióxido de carbono. Todo esto sin tomar en cuenta las flatulencias de metano del ganado que tanto nos gusta comer. Lo verdaderamente escandaloso es que tenemos la tecnología para revertir todo este daño y no lo hacemos por vulgares intereses económicos y ambiciones políticas de hombres enfermos de narcisismo y megalomanía.  No podemos ni debemos dejar de consumir y producir, lo entiendo. Lo que sí podemos hacer y es cuestión de supervivencia, es detener de inmediato el consumo y producción de bienes no duraderos cuyo destino son los basureros, el drenaje, los cauces de los ríos, el mar y el aire, salvo que sus componentes sean biodegradables. La generación de energía con combustibles fósiles debe parar en el corto plazo y sustituirse por energías renovables o, incluso, energía nuclear. Debe estar terminantemente prohibida y sujeta a sanciones inhibitorias la obsolescencia programada en productos de uso duradero, incluyendo simulaciones como las actualizaciones de los sistemas de computo con los que opera el equipo, cuyo fin disfrazado es volverlo obsoleto. La ganadería intensiva debe sustituirse por granjas que produzcan carne utilizando ingeniería genética o productos vegetales.

Las empresas, pero sobre todo los gobiernos, deben digitalizar todos sus procesos, de manera que el uso del papel sea erradicado de la administración pública en el corto plazo. Es verdaderamente ridículo que en la tercera década del siglo XXI, el Registro Público de la Propiedad y del Comercio de la Ciudad de México no se pueda consultar en línea y los folios sigan en papel. La única explicación es nuestra eterna corrupción.

Una economía sustentable es posible, aunque implica transformar las relaciones de poder, de lo vertical a lo horizontal, de la federación a la confederación y al municipio. Podemos sobrevivir, pero no tenemos mucho tiempo y lo que vemos es una loca y frenética carrera en el sentido contrario. El poder se concentra cada vez más en la punta para sólo convertirse en volcán, estallar y lanzar destrucción incandescente a la base que alguna vez lo soportó. Algunos ven progreso en el carbón y el petróleo. Yo, en el horizonte, veo muerte y nuestra extinción.

Gerardo Flores Ramírez

Experto en telecomunicaciones

Ímpetu Económico