El primero de mayo del 2006, cuando Evo Morales apenas cumplía 100 días como presidente de Bolivia, giró instrucciones que atrajeron la atención del mundo y alteraron la historia petrolera (más bien, gasífera) de su país. El ejército boliviano ocupó los campos de gas. El gobierno impuso un plazo de seis meses para que las compañías petroleras que tenían contratos de exploración y producción vigentes tomaran una decisión: o renegociaban los términos, o se iban.

A primera vista, el plan boliviano —si se cuenta sólo a partir de los datos que los oficiales bolivianos y, recientemente, algunos legisladores mexicanos citan— parece haber funcionado. Aunque a regañadientes, con el freno a nuevas inversiones bien puesto, varias compañías renegociaron y se terminaron quedando. La toma gubernamental (government take) incrementó. YPFB, el Pemex boliviano, obtuvo una participación en prácticamente todos los proyectos de gas y petróleo. La producción de crudo, que partió de una base muy pequeña, incrementó. La producción de gas, aunque muy por debajo de su potencial total, creció notablemente.

Aun ignorando las diferencias en tipo de recursos y escala entre la producción petrolera de México y la gasífera de Bolivia, cualquier mexicano tiene razones de sobra para sospechar de esta “historia de éxito”. El efecto de Cantarell nos enseñó que los crecimientos de producción pueden esconder malos resultados y una tremenda subinversión en otras partes del portafolio.

La industria de gas boliviano encaja perfectamente en este molde. En lo que va de la década, sus reservas se desplomaron de 26.5 billones de pies cúbicos diarios (TCF) a menos de la mitad: 10.7 TCF. Éstas son las reservas probadas; las probables y las posibles han caído aún más.

No es por falta de recursos prospectivos. Es por la falta de inversión, de actividad. El propio gobierno boliviano argumenta que solamente 10% del territorio boliviano con potencial se ha explorado; 90% permanece ocioso. Hasta para México, donde 66% de nuestros recursos prospectivos permanece ocioso, esta cifra debería ser alarmante.

El propio gobierno de Evo Morales parece haberse dado cuenta. En años recientes, ha logrado estrechar sus relaciones con petroleras estatales (que, por su cobertura diplomática, a veces están más dispuestas a ignorar ciertos riesgos políticos o regulatorios que compañías privadas), atrayendo nuevos compromisos de inversión de la brasileña Petrobras y la rusa Gazprom. Además, ha empezado a relajar las condiciones fiscales, otorgando importantes incentivos. Ya lejos de la estridencia del 2006, ha dirigido sus nuevos esfuerzos a enfatizar certeza jurídica y regulatoria. A partir de la expectativa generada a partir de un nuevo pozo de Repsol, que se está desarrollando bajo políticas más pragmáticas, ha declarado al 2019 el año de la exploración.

El gobierno anticipa encontrar un “mar de gas”, que pronto habrá de confirmarse. Pero la situación está cambiando: aun ante la expectativa de un nuevo éxito exploratorio, la ecuación ha dejado de ser una cuestión unilateral, de puras consideraciones del lado de la oferta.

El nivel de demanda por el gas boliviano se ha vuelto una incógnita. Los nuevos descubrimientos presalinos en Brasil y el desarrollo no convencional de Vaca Muerta en Argentina amenazan con cerrarle la puerta al gas boliviano, que por ahora sólo tiene estos mercados de exportación. “Tanto gas, tan pocos aliados representan problemas para nación populista”, Bloomberg editorializó en un reciente encabezado. El tiempo dirá si Bolivia termina superando estos retos comerciales.

Desde México, relativamente alejados de la dinámica de gas sudamericano, lo que resulta claro es que muchos de los problemas que hoy enfrenta Bolivia eran evitables: surgieron por haber ignorado la importancia de atraer más inversión, más proyectos y más aliados en una ventana de tiempo tan importante, privilegiando el control de la industria y la recaudación fiscal. Esto empieza a sonar familiar.

Ya con el contexto completo, proponer el modelo boliviano como solución a los retos energéticos de México no es ni siquiera tan novedoso. No está alejado de proponer regresar al pasado petrolero mexicano, citando el “enorme éxito” de Cantarell. Quizás por eso esté de moda en el Congreso mexicano.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell