Dicen los loquitos geniales que escriben Freakonomics (Steven D Levitt y Stephen J Dubner) que la educación en el mundo perdió a los mejores profesores cuando las mujeres más inteligentes consiguieron libertad para escoger otras profesiones, profesiones distintas a las de la docencia en las primarias y guarderías. 

No lo sé. Yo veo que el mundo ha ganado con biólogas y policías, con ingenieras y periodistas, con investigadoras y catedráticas universitarias, que no habrían sido ni biólogas no policías sin la intervención de un buen maestro. Uno al menos. Pero Levitt y Dubner tienen un punto que no discuto: los profesores promedio están ya lejos de lo que requiere el espíritu humano.

Escribí espíritu; no se confunda con el alma individual. Intento aludir al aliento que nos une con los que estuvieron antes. Lo que nos identifica con los soldados romanos y las creencias aztecas, los astrónomos mayas y los óleos de Vermeer, las aventuras de Cousteau y la pasión de Hernán Cortés, las herramientas de los cromagnon y la cocina de Escoffier. Lo que nos hace pensar que hay algo entre nosotros, ciudadanos atarantados del siglo 21, con la tradición judeocristiana y también con la herejía de los primeros cirujanos.

Lo que nos une con Martin Luther King, pero también con Hitler, es la herencia de saberes y creeres. Heredamos una explicación sobre el mundo. Alguien nos enseñó a hacer queso y a manejar una moto, a criticar al canalla y a curar heridas. Nosotros también enseñamos a alguien a lavarse las manos y a distinguir a un escorpión.

La educación, con sus equívocos y sus descubrimientos, es esa estafeta que da aliento al espíritu humano; es lo que nos conecta con los diferentes de hoy y los iguales de ayer. 

John Stuart Mill lo dijo mejor en ese fantástico discurso que dio en 1867 en la universidad de St Andrews: la educación es la cultura que cada generación se debe sentir obligada a entregar a sus sucesores. Como un mapa, añado yo. No como un cúmulo de saberes a memorizar. No. Como el mapa que se ha dibujado del humano mundo desde el principio. Quizá no recorramos individualmente  todos los territorios que se han dibujado, pero tenemos el mapa si decidimos viajar, y es nuestra obligación agregarle el par de ríos que nosotros nos encontremos. 

¿No les importa pasar la estafeta? Da igual. Pensemos entonces en el presente. Quienes carecen de educación son víctimas de un olvido social que les quita habilidades y no aludo a las de ganar dinero o ascender socialmente. Me refiero a la humanísima habilidad (sólo desarrollada con la educación) para juzgar correctamente la evidencia, para distinguir entre creencias y conocimiento, para valorar las ideas nocivas y asumir la responsabilidad de adoptar las que no lo son. 

Sin educación no somos humanos en el presente y seremos cada vez menos humanos en el tiempo. Olvídense de los planes grandilocuentes para transformar al país, las estrategias complejas para tener una población más sana, los grandes proyectos para combatir al crimen organizado y todas las promesas de campaña para mejorar las calles, la recolección de basura y las leyes para proteger a las niñas. 

Nada de eso será posible si no ponemos primero, por encima de todo, atravesándolo todo, la educación. Sin la educación estamos perdidos.. Sin educación, el espíritu humano está perdido. 

*Fragmento del discurso que leí en el Paraninfo Enrique Díaz de León, UdeG, con motivo de la firma de los compromisos por la educación propuestos a todos los partidos por Mexicanos Primero AC.

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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