Una de las preguntas que con mayor insistencia se escuchan en el medio que hace y opina sobre las políticas públicas es: ¿qué hubiera pasado de no hacer este programa? O ¿qué pasaría si se deja de brindar determinado apoyo? En algunas ramas del conocimiento, se conoce a este tipo de preguntas como el contrafactual o el estado del ¿qué hubiera pasado si?

Por otra parte, no es poco común escuchar en el medio rural una frase similar a la siguiente: El granero de México es Sinaloa .

En efecto, de acuerdo con los datos del Sistema de Información Agroalimentaria de Consulta (Siacon) entre el 2006 y el 2011, de la producción nacional de maíz -que, en promedio, se ubica en 21.8 millones de toneladas-, 21.9% provino de dicha entidad federativa.

Sin embargo, esto no fue siempre así. La información disponible en el Siacon indica que hasta principios de los años 90, no había gran diferencia entre la productividad media nacional y la que no considera al estado de Sinaloa.

A partir de entonces, comienza una separación que lleva a una diferencia de, aproximadamente, 0.5 toneladas por hectárea adicionales en el promedio nacional, respecto de las que se hubiera obtenido si no hubiese entrado Sinaloa a la producción de maíz.

¿Qué fue lo que pasó? El estado de Sinaloa, hasta 1990, cultivaba en promedio poco menos de 100,000 hectáreas de maíz y cerca de 200,000 hectáreas de trigo. Entre 1991 y 1993, dicha relación se invierte y comienzan a cultivarse cerca de 250,000 hectáreas de maíz y sólo poco más de 120,000 toneladas de trigo. En el tiempo dicha tendencia continuó, por lo que en los cinco años agrícolas más recientes (2007-2011) se han cultivado poco más de 530,000 hectáreas de maíz y únicamente 15,000 hectáreas de trigo, en promedio.

Así, es claro que la entrada en operación del Programa de Apoyos Directos al Campo (Procampo) fue el incentivo económico que llevó a los productores de Sinaloa a cambiar sus decisiones de producto a sembrar.

Diversos estudios han tratado de establecer si el cambio en las decisiones de siembra es lo que buscó de origen el Procampo. El consenso parece indicar que no fue ése el objetivo. Lo cierto es que, gracias a ese programa, la productividad media por hectárea del país se ubicó 3.2 toneladas por hectárea en los últimos cinco años. En caso de no haber existido dicha política, la productividad estaría en 2.7 toneladas por hectárea promedio. Al respecto, hay muchas preguntas más por hacer y responder, ésta es sólo una primera conclusión.

Edgar Torres Garrido es director de Estudios y Evaluación de Programas de FIRA. La opinión es responsabilidad del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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