El mago siempre tiene la razón. Es natural: su público, alegre, se la concede. Todos sus espectadores saben del engaño, pero tener esa certeza no es obstáculo para aplaudir ante la desaparición de una bella mujer, la aparición de un conejo blanco o el increíble seccionamiento de la cabeza parlante del asistente.

No quieren ver la doble caja ni el serrucho flexible. No quieren recordar que la mujer está replegada por ahí, en un espacio increíblemente reducido, que el conejo estaba escondido en un doble fondo y que el asistente no ha muerto ni perdido la cabeza, ni es capaz de mover las manos cercenadas. El objetivo es dejarse sorprender y para ello se suspende temporalmente el escepticismo.

Esa es la actitud correcta, pero hay otras dos formas, ambas imperfectas y una peor que la otra, de ver al mago. Una es asistir al espectáculo e insistir en que es un fraude, que nadie está levitando, que, por favor, eso es un truco. La otra es creer todo lo que se ve y sucumbir como inocente infante a la ilusión.

Pienso en ello cuando escucho al mago nacional, ese dechado de talentos que convierte su palabra en espejismo y desaparece en dobles cajas lo desagradable, el mal olor y hasta los virus. Usted no está viviendo una crisis y puede ser feliz. ¿Vio que Pemex perdió alrededor de 30,000l millones de dólares en el primer trimestre? Dos pases, una combinación de palabras especiales y ya, usted ahora ya está convencido de que eso no sucedió.

Es un espectáculo y no estaría mal si fuera para entretener, para dar confianza a quienes saben que el agujero es negro y está profundo y necesitan una inyección de optimismo. Pero, sobre todo, serviría de algo si no cayera en un público displicente que no sabe cómo ver a un mago y grita desde las gradas: ¡Desapareció la corrupción! ¡Miren, miren! ¡Bravo! ¡Magazo! ¡Y sin ayuda de fiscalías!

No hay pobreza, no hay corrupción, no hay compras a modo ni escasez de medicamentos, y sobre todo usted no vio que el crimen organizado quiso matar a un secretario de seguridad.

El siguiente acto del mago nacional promete ser peligroso. El mago atenderá una invitación para ir al casino de al lado para saludar de mano al showman que allí se presenta. Sus asistentes más listos saben que estos encuentros tienen costos inmediatos y que las ganancias -si las hay- son de largo plazo y además no salen a escena. Por eso, el viejo mago deberá hacer gala de sus mejores pases para que lo que fugazmente se vea, desaparezca inmediatamente. Si lo parten en dos, si reducen su tamaño, si lo hacen dar dos vueltas con correa o le ponen un mandil, el mago deberá saber cómo borrarlo.

Habrá algunos pocos que piensen que el show era necesario, otros más que gritarán que el taumaturgo está desnudo y que sí, sí trae correa. Pero este mago es prodigioso y confía en que es mayor el público que sucumbe a su hipnótica palabra. Sabe que sin dificultad alguna los hará rendirse ante la aparición de un mago patriota que en el espejismo no estará partido a la mitad, ni será más chico, ni traerá mandil.

 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.