La convención del Partido Republicano estadounidense (conocido también como GOP por aquello de Grand Old Party), ha significado el punto más bajo de la institución política que alguna vez tuvo a Lincoln en la presidencia.

El descenso fue más palpable conforme el minoritario grupo de fanáticos del Tea Party, fue ganando relevancia nacional. Tuvimos un adelanto con la nominación efervescente de Sarah Palin y tocamos fondo con la de Donald Trump como candidato a la presidencia.

El suceso ya era previsible hace meses, y aún así, no deja de generar perplejidad entre los analistas políticos locales e internacionales que tratan de encontrar explicaciones políticas, intelectuales, sociales o educativas, para el fenómeno. Desde el aumento del radicalismo, hasta el fanatismo religioso, el racismo, la intolerancia ante la migración, el desencanto económico, el populismo (no la versión del populismo según Obama, que no entiende el concepto).

La etiqueta de Donald Trump como peligro para Estados Unidos, flota en la prensa y política liberal desde hace casi un año. Toda vez que es una etiqueta casi obligada entre adversarios políticos que consideran la postura opuesta como el principio del fin de su modelo de nación. Los análisis más recientes, van subiendo el tono y dada la posición geopolítica estadounidense, aventuran una versión más inquietante: Trump como peligro para el mundo.

Podría ser fácil descalificar los motes como parte de la retórica de campaña, si no es porque los análisis más cuidadosos de su discurso, sus mentiras, disparates más flagrantes, y la violencia que flota encima de su retórica, no los contradicen en absoluto.

Más alarmante aún es que su contraparte venga asumiendo un rol más pasivo, buscando una postura que pretende ser mesurada y racional, pero aún no ha salido de su propia perplejidad por tener que atender a semejante adversario.

La postura de muchos demócratas, incluida la prensa y medios liberales, incluida buena parte de los comediantes nocturnos, actores de Hollywood y muchos editorialistas, no parece superar la incredulidad inicial provocada por el personaje. Les genera tal rechazo que son incapaces de tomarlo en serio. Les parece tan digno del ridículo y burla, que lo descartan sin ser capaces de entender por qué está funcionando lo que hace. Les parece tan obvio que es un payaso, que miente, que dice barbaridades intransitables, que no son capaces de reaccionar con una estrategia eficaz para contrarrestarlo.

Incluso la televisión reciente, siempre veloz en abrazar los encabezados como inspiración dramática, se ha quedado sin argumentos. Series que sumaron la campaña a sus tramas han tropezado con el surrealismo de una realidad que supera la ficción.

En Scandal, el candidato tipo Trump fue confrontado hace semanas con sus mentiras y rechazado por las multitudes que días antes lo aplaudían todo. Tiene que venir Brain Dead, una serie veraniega cocida al vapor por CBS, para dar una explicación más sensible: una invasión de hormigas extraterrestres se han ido comiendo el cerebro de la clase política, volviéndolos menos humanos y más eficaces en su búsqueda flagrante del poder. Es una comedia absurda y marginalmente satírica, que sin embargo dice más sobre la incapacidad de reconciliar dos modelos de ver el mundo y hacer política.

Hace algunas semanas hablaba del hartazgo, casi irracional, que permeó el debate por el Brexit, y las lecciones que pretendían extenderse a los EEUU y una elección con Trump como candidato. Para muchos estadounidenses la victoria de un personaje así, es impensable. Y si aún así se diera, queda cierta fe en la contención que las instituciones democráticas pudieran ejercer a sus desmesuras. De acuerdo a Adam Gopnik en The New Yorker, no hay tales salvaguardas; y las instituciones son particularmente frágiles frente a alguien perfectamente dispuesto a mandarlas al diablo y hacer su santa voluntad abrazando la impunidad del poder.

En fechas recientes han circulado en redes sociales, paralelismos entre Trump y la figura de Andres Manuel López Obrador en la elección de 2006 (primer caso de una etiqueta de peligro para México usada con éxito en una campaña política). Pero las similitudes acaban en el guiño superficial.

Para decirlo de otra manera, hay políticos que juegan el juego de la política, incluyendo aquello de prometer y pretender escuchar y pretender atender un mandato popular y asumir una postura partidista e ideológica de cara a un modelo de país más o menos consensuado por su grupo.

Trump ni pretende un discurso pseudo conciliatorio, ni enfrentar oligarquías económicas, ni apuntar posiciones y estrategias económicas específicas. Lo suyo es la celebridad vacía. La construcción de una plataforma sobre el castillo de aire de la fama como único soporte del discurso: El país va a ganar porque soy un ganador. Les va a ir bien, porque yo sé cómo ganar dinero. Lo que digo es verdad, porque lo digo yo, y si mañana digo otra cosa, pues esa es verdad también, y mi adversario es idiota, un traidor y pffft (saca la lengua).

Es un rival formidable para Hilary Clinton quién todavía finca sus esperanzas en la sensatez de las mayorías. En que el elector no partidista tomará una decisión basada en el contraste de argumentos dentro de las reglas del juego democrático. Pero ¿qué pasa si su rival ni siquiera pretende seguirlas? ¿Si propone dinamitar el país y recibe el aplauso de las multitudes desencantadas, fanáticas y temerosas? ¿Como va a contrarrestar eso? Subir de tono los escenarios apocalípticos y las etiquetas de peligro parece el primer paso, pero si aspira a la victoria deberá encontrar un discurso capaz de interpelar o conectar con mayorías frustradas y dispuestas a comprar soluciones radicales y fáciles, alineadas no a sus ideas sino a sus prejuicios.

Twitter @rgarciamainou