Me tocó estudiar los primeros años de la primera década del siglo en un departamento de política pública en el Reino Unido. Era un momento de enorme optimismo en torno a Tony Blair y a su proyecto. Después de años de dominio conservador, en donde se acuñó la idea misma de neoliberalismo, los laboristas lograron apartarse de las ideas francamente socialistas para sostener la confusa idea del centro radical. Era algo así como mejorar de manera importante los servicios públicos, descuidados por el thatcherismo, que quería privatizarlos y reducir los crecientes problemas sociales.

En realidad, Blair tuvo éxito en programas de reducción de la pobreza extrema, en mejorar las escuelas de las zonas marginadas, en ampliar la oferta universitaria y en regenerar espacios urbanos descuidados, pero, como nada cambió fundamentalmente ni en la economía, ni el mercado laboral, ni en la deteriorada red de servicios del Estado de Bienestar, la marginación y la exclusión siguieron siendo la regla para comunidades enteras del oeste de Londres, de Manchester, de Leeds, de Glasgow, de Edimburgo. Luego vino la crisis financiera del 2008 y como a los gobiernos conservadores que precedieron el blairismo no les importaron los efectos redistributivos de las políticas de ajuste económico, pues entonces se exacerbó la natural tendencia británica de culpar a Europa de sus males, que fue aprovechada por la extrema derecha. Después, con una torpeza ya histórica, el primer ministro David Cameron propuso un referéndum para definir si el reino permanecía o no en la comunidad, la salida ganó por un pequeño margen.

Ahí comenzó el desastre. Cameron no tenía un plan para el Brexit. De hecho, una posibilidad hubiera sido que los británicos dejaran las instituciones europeas, como el parlamento o la legislación compartida, pero mantuvieran el mercado común, como lo hace Noruega. El llamado soft Brexit. En cambio, Theresa May, la nueva primera ministra, se embarcó en una negociación en la que nadie estaba de acuerdo. May perdió su propuesta de Brexit con el voto en contra de la oposición, pero también de 118 de sus parlamentarios conservadores y de los unionistas irlandeses que la acompañan en el gobierno.

El futuro inmediato es incierto. Los laboristas perdieron ya una votación parlamentaria para pedir nuevas elecciones, porque el gobierno de May se ha convertido en el más débil de la historia británica reciente. Las nuevas elecciones llegarán más pronto que tarde. Jeremy Corbyn tiene la enorme responsabilidad de conducir la crisis de su país a buen puerto y ganar las elecciones con una agenda de políticas redistributivas, que atienda las causas del malestar británico que se atribuyen a Europa. Ahora, lo realmente importante para Corbyn es construir una oferta que les permita a los británicos escapar de las torpezas que han caracterizado a los gobiernos conservadores de los últimos años.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.