Hace seis años, me compré mi primera bicicleta de adulto para transportarme en la ciudad de México. Me gustó tanto que muy pronto empecé a rodar por las calles para ir al trabajo y a todos lados. Al inicio fue difícil. De a tiro por viaje los automovilistas me echaban lámina, me insultaban y me tocaban el claxon para que me quitara. Los más civilizados y preocupados bajaban la ventanilla para gritarme golpeándose la frente con los dedos: ¡Súbete a la banqueta! ¡Ya cómprate tu coche, güero!

Muchas veces tuve horrendas discusiones con los guardias de estacionamientos de centros comerciales, oficinas, restaurantes y hoteles que nomás no te dejaban entrar si traías bici. ¡Está prohibido entrar con bici, déjela en la calle, joven! ¿Trae mensajería?

En aquél entonces, el único espacio reservado para la bicicleta era la inútil ciclopista con empinadísimos puentes que te llevan a ningún lado.

Hoy encontramos muchos kilómetros de calles señalando visiblemente la preferencia a los ciclistas, además de los carriles confinados en Paseo de la Reforma, donde también hay semáforos para bicis.

A estas alturas, todo mundo sabe que los ciclistas tienen derecho de vía: el derecho a circular por la calle. Ya es muy raro encontrar estacionamientos que no tengan espacios exclusivos para bicicletas con lugar para encadenarlas y toda la cosa.

Cada vez es más común ver hombres trajeados con su portafolio en su bici y mujeres pedaleando con zapatitos de tacón, incluso padres que viajan con sus hijos en la parte trasera.

Las acciones que contribuyeron decisivamente al cambio fueron las de cerrar Reforma los domingos, los días de ir al trabajo en bici de los funcionarios del Gobierno del Distrito Federal y, por supuesto, la de poner ecobicis por todas partes. Todos esos cambios inicialmente fueron muy criticados y comentados con mucho escepticismo: ¡es que no tenemos la cultura!

Cambios de conciencia similares están operando con la recuperación de espacios públicos, la peatonalización de grandes avenidas, los parques en intersecciones y otros lugares antes inusuales, el Metrobús y las vías rápidas de cuota.

Aunque los cambios en la infraestructura son los más visibles, me parece que el cambio fundamental se dio en la conciencia de los ciudadanos. Para mi gusto, esos cambios improbables hacia la humanización de la ciudad y sus ciudadanos son el principal legado del jefe de gobierno saliente: Marcelo Ebrard.

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