¿En algún momento de la campaña propagandística del gobierno para promover la reforma energética, alguien escuchó alguna insinuación siquiera sobre una posible futura baja en los precios de las gasolinas?

¡Por supuesto que no! Hay una promesa, que estaremos recordando con el paso de los años, de disminuir los costos del gas y la electricidad. Pero de las gasolinas, nada.

Y es que los precios de estos energéticos parecen encender ahora los motores de la recaudación, después de que durante muchos años fueron una coladera de recursos públicos, por donde se desperdiciaron cientos de miles de millones de pesos.

Hoy, el costo promedio de 1 galón de gasolina de mejor calidad que la Magna en Estados Unidos es de 3.29 dólares por galón. Un galón son 3.78 litros y 1 dólar se cambia por 12.99 pesos mexicanos. Entonces, tenemos un promedio en ese país de 11.30 pesos por litro de la gasolina regular.

En México, tras el megagasolinazo de hace casi 15 días, que incluyó el desliz mensual, más el aumento en los impuestos especiales, tenemos que la gasolina Magna cuesta hoy 12.33 pesos por litro y la Premium, 12.90.

Posiblemente no lo notó, por aquello de la resaca del Año Nuevo, pero el aumento a las gasolinas alcanzó hasta los 21 centavos de un jalón.

Entonces, lo que tenemos es un combustible que hoy es más caro que en las gasolineras de su principal socio comercial. Y más que eso: la promesa de que aun en los tiempos de la modernidad energética deseada, la política de precios de los energéticos sigue siendo un asunto de escritorio.

No es noticia que Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, haya dicho que la política de precios de los energéticos que sigue el gobierno de Enrique Peña Nieto, vía su Secretaría de Hacienda, impide alcanzar la deseada inflación de 3 por ciento.

Lo destacado es que insista en el tema, que para la máxima autoridad monetaria de este país, el titular del autónomo banco central mexicano, ése sea un lastre para cumplir con su principal objetivo de mantener el poder de compra de la moneda.

Los gasolinazos van a seguir, a razón de 9 centavos mensuales para la gasolina regular y 11 centavos para la gasolina de mediano octanaje y el diésel. De esta manera, se garantiza que otra vez este año los combustibles subirán mucho más que la inflación general.

La promesa de acabar con los gasolinazos para el 2015 es un juego de palabras. Porque los combustibles, adelantó el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, seguirán subiendo, sólo que ahora a la par del incremento inflacionario.

Las gasolinas no tienen por qué ser baratas en un país donde hay un déficit muy marcado en su producción, en donde tiene que haber un privilegio por su ahorro con fines ecológicos y en donde está claro que a pesar del boom petrolero actual, son energéticos próximos a su extinción.

Los gasolinazos no son invento de este gobierno, pero sí aceptaron la cómoda herencia de la administración pasada. El gobierno de Calderón jugó con los precios de las gasolinas de forma irresponsable. Primero los congeló y después inventó los gasolinazos, que cuadruplicaron la inflación general.

El manoseo burocrático de los precios de las gasolinas tiene que terminar, por el bien de la inflación y de toda la economía.