El propio Obama debe estar por llegar a la zona del impacto. Sí, para ver que todo esté en su lugar, pero también y, sobre todo, para sacarse la foto en mangas de camisa, mojado con las aguas remanentes de Sandy, prestando ayuda a los pobres neoyorquinos.

No son hechos comunes que se desate una epidemia de un virus de influenza que se traspase de los animales a los seres humanos. Tampoco es algo común que un huracán encuentre las condiciones climáticas necesarias para llegar tan al norte en la costa estadounidense.

Hemos enfrentado en la historia humana ciclones, tifones, huracanes devastadores que han cobrado millones de vidas ante la falta de medidas adecuadas.

Igualmente con las enfermedades mutantes. Desde la viruela negra hasta el SARS son padecimientos de fácil contagio y tardíos remedios que han costado millones de vidas humanas.

A estas horas sigue lloviendo y fuerte en la costa este de Estados Unidos. Manhattan y toda la gran zona metropolitana de Nueva York reciben el inusual castigo de Sandy que tocó tierra en calidad de huracán categoría uno.

En Miami la gente toma el sol y se divierte hasta que la primera nube de un huracán de esa categoría nubla el cielo, después se van a casa, muchos a trabajar, y esperan, que pase el fenómeno en espera del siguiente que puede llegar durante la misma temporada anual de huracanes.

Pero Nueva York no. Los habitantes de esta zona no están acostumbrados ni preparados. El hacinamiento ordenado en el que viven implica un reto muy grande para recibir en un ventanal del piso 87 los efectos del viento a 100 km/h.

Sandy está fuera de las rutas habituales de los huracanes. Impactó muy al norte, lo que de entrada debería hacer repensar a los estadounidenses su proceso de negación del cambio climático. Un huracán en Nueva York es una evidencia más que contundente de la alteración climatológica.

Pero Sandy llega, además, prácticamente una semana antes de las elecciones presidenciales en ese país. Justo cuando los dos contrincantes están técnicamente empatados y justo cuando cualquier cosa cuenta en la intensión del voto de los millones de indecisos.

El primero en mandar un mensaje de alerta extrema fue Barack Obama. La razón es muy simple: es su oportunidad de mostrarse como un Presidente actuante en momentos de emergencia, algo que su opositor Mitt Romney no puede hacer, por falta de poder.

Las decisiones ante estas emergencias se toman localmente, condados y estados son los responsables. Pero en la memoria colectiva está la falta de acción de George W. Bush ante el impacto de Katrina en Nueva Orleans. A pesar de la desgracia, el Presidente republicano apareció pasmado, como si no supiera qué hacer ante la desgracia. Tanto que hasta la fecha el nombre de Ray Nagin, alcalde de Nueva Orleans, es mejor recordado como el del héroe de la desgracia.

Obama no quiere correr la misma suerte de Bush y, por lo tanto, lanza la alerta máxima. Así no hay manera de que en estos días Romney lo acuse de no actuar a tiempo.

La esperanza es que no haya ocurrido nada grave, pero si el recuento es negativo, la Casa Blanca actuó a tiempo.

No lo sé por la hora en la que escribo esto, pero estoy seguro de que la Guardia Civil, la ayuda humanitaria y hasta el propio Obama deben estar por llegar a la zona del impacto. Sí, para ver que todo esté en su lugar, pero también y, sobre todo, para sacarse la foto en mangas de camisa, mojado con las aguas remanentes de Sandy, prestando ayuda a los pobres neoyorquinos.

Es como lo que vimos en México con la influenza aviar A H1N1. El gobierno mexicano estaba cuestionando, por lo que no supo perder las elecciones tres años antes y no podía correr el riesgo de no actuar a tiempo.

El gobierno del presidente Calderón decidió ordenar la parálisis total de la vida cotidiana nacional. Era el mes de abril del 2009, justo cuando la peor parte de la gran recesión pegaba a la economía mexicana, pero no importó para que todos se refugiaran en sus casas.

Fueron días de auténtico pánico. Pero México se enfrentaba a algo desconocido y sin una vacuna preventiva. El remedio terapéutico era escaso y en ciertos grupos poblacionales la tasa de mortandad se mostraba alta.

Con el paso del tiempo, con el virus bien estudiado y con la vacuna disponible, el gobierno federal fue duramente criticado por el impacto de la medida. Pero la verdad es que, a pesar de que le costó un duro golpe al PIB, la decisión fue correcta.

Es igual en Estados Unidos, Barack Obama está en campaña y no se quiere equivocar con Sandy, aunque cuando se despeje el cielo todo haya parecido una exageración.

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