Para las generaciones pre-Millennials, cuando un niño no terminaba lo que contenía su plato de comida, era común oír frases del tipo: Hay en el mundo muchos niños pobres que no tienen qué comer y tú aquí, sin acabar el plato . Independientemente de la validez de estos chantajes, actualmente enfrentamos el problema del desperdicio masivo de comida que se hace evidente en países en los que existe hiperabundancia y disponibilidad de alimentos para algunos sectores de la población. Evidentemente, esto contrasta con las zonas en las que la población está en situación de vulnerabilidad por no poder asegurar su comida diaria.

Tan sólo en Estados Unidos, se han cuantificado los alimentos que en estado de ser consumidos son tirados a la basura. Cada año, esto representa la cifra de 165 billones de dólares, correspondientes a 40 millones de toneladas de comida. Es escandaloso indicar además que esta cifra no contempla todos aquellos productos que fueron comprados, almacenados durante largo tiempo y después desechados por llegar a su fecha de caducidad. En México, no tenemos cifras globales precisas, pero basta darse un paseo por los basureros de restaurantes y supermercados para darse cuenta de la cantidad de comida que se desperdicia.

Además del evidente costo económico y del dilema moral que involucra a quienes batallan para acceder a alimentos, existe un alto costo ecológico de producir esos alimentos que no serán consumidos. El problema está tan presente en países industrializados que se ha comenzado por alertar a la población acerca del significado de las diferentes fechas impresas en empaques. Evidentemente, en un escenario utópico, lo ideal sería comer todos los días sólo productos frescos sin almacenarlos, lo que resulta prácticamente imposible para la gran mayoría.

Existe todo un movimiento antidesperdicio, que empieza a ver sus primeras manifestaciones en diferentes lugares del mundo. Por ejemplo, en Dinamarca, abrieron el primer supermercado que vende por la mitad de su valor productos que han sobrepasado la fecha de la etiqueta Véndase antes de (que son perfectamente consumibles), como una acción no sólo dirigida a personas con menor poder adquisitivo, sino también a aquellos que quieren tomar acción sobre el problema del desperdicio. En Francia, existen leyes que prohíben a los supermercados tirar o dejar que se echen a perder productos que no se venden. Por el lado de los consumidores, existe el movimiento de los freegans, que son un grupo de personas que por decisión propia subsisten con todo lo que encuentran en los basureros de las grandes cadenas de supermercados (además de proclamar otros estatutos un tanto radicales, como el rechazo al trabajo, por considerarlo parte del sistema capitalista opresor).

¿Qué podemos hacer nosotros como consumidores en México? Además de que existen asociaciones y bancos de alimentos dedicados a recolectar estos productos, podemos empezar en casa con acciones simples, como saber distinguir la fecha de caducidad de la fecha de consumo preferente. La fecha de caducidad corresponde a la fecha límite en que se considera que las características sanitarias y de calidad del alimento se conservarían y después de esta fecha no es apto para comercializarse ni consumirse. La fecha de consumo preferente corresponde a la fecha límite en la que el fabricante garantiza que el producto conservaría sus cualidades específicas; sin embargo, después de esta fecha el producto todavía puede ser consumido. Además de lo anterior, una planeación cuidadosa de nuestras despensas semanales y evitar comprar productos impulsivamente representarían un menor desperdicio.

El grave problema del desperdicio de comida no sólo es un testimonio más de las graves inequidades sociales existentes en el mundo, es además una muestra de una sociedad de consumo poco consciente de los graves daños al planeta y menos practicante aún de la solidaridad necesaria para sobrevivir como sociedad.

 

Twitter: @Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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