Después de 30 años ininterrumpidos de crecimiento muy acelerado la economía china está atravesando un proceso de marcada desaceleración y enfrenta un reto crucial para transformar su modelo económico.

Esta desaceleración es algo que se viene pronosticando desde el 2007, pero que en realidad no había dado señales claras de estar ocurriendo hasta el 2012 y de manera más evidente en el 2013 y lo que va del 2014.

Durante varios años el principal motor de crecimiento de la economía china fueron las exportaciones. Conforme el motor exportador ha perdido vigor, dada la desaceleración económica de los principales consumidores de productos chinos y la pérdida de competitividad del sector exportador chino, la inversión pública ha tenido que jugar un papel cada vez más creciente para impulsar la economía.

Aunque uno de los objetivos principales del gobierno chino ha sido impulsar el consumo doméstico como motor de crecimiento, la realidad es que los consumidores chinos mantienen una baja propensión a consumir y un alto nivel de ahorro a pesar del crecimiento observado en el ingreso disponible. Esto ha provocado que el crecimiento de la economía china sea cada vez más dependiente de la inversión pública.

La participación de la inversión fija bruta se ha incrementado de 42 a 50% del PIB en los últimos cuatro años, comparado con 30% para otras economías en desarrollo. A pesar del rezago en infraestructura en comparación con economías desarrolladas, ningún país puede reinvertir 50% de su PIB en infraestructura y otros bienes de capital sin enfrentar retornos decrecientes.

El modelo económico que ha permitido a China convertirse en la segunda economía más grande del mundo muestra señales claras de agotamiento y el nuevo liderazgo del país lo tiene muy claro. Para la mayoría de los expertos el siguiente paso para China es la implantación de reformas para disminuir la dependencia del sector público y encontrar la manera de impulsar una mayor participación del sector privado.

Los líderes chinos saben que la única manera de lograr esto es promoviendo el consumo doméstico y promoviendo la participación privada en el sector empresarial. Sin embargo, esto implica una transferencia enorme de riqueza de las grandes paraestatales al consumidor, lo cual representa un reto mayor.

China tiene que encontrar un equilibrio entre la omnipresente participación del sector público en casi todos los aspectos de la economía y el sector privado. El reto es inmiscuir al sector privado en sectores que hasta ahora han sido dominio de grandes empresas paraestatales –en algunos casos muy ineficientes– y tender una red de seguridad social que dé confianza a los consumidores para incrementar su gasto. Esto requiere de reformas importantes que de seguro encontrarán resistencia en todos aquellos que vean sus intereses vulnerados.

En el fondo, el reto es la convivencia de un sistema político centralmente planeado con un mundo cada vez más integrado y la creciente demanda de una mayor participación social en el proceso de toma de decisiones mediante una representatividad real.

En conclusión, China está comenzando un proceso de transformación que nos incumbe a todos por las consecuencias que podría tener sobre el equilibrio económico y político a nivel global.