La transformación tecnológica y digital en curso, conocida como la cuarta revolución industrial, ha abierto un intenso debate acerca de sus efectos sobre el empleo. Las opiniones al respecto están divididas. Por un lado, los pesimistas. La robotización, la automatización, la inteligencia artificial, el big data o el Internet de las cosas nos llevarán a una sociedad más desigual con desempleo tecnológico masivo. Por otro, los optimistas. Los efectos de estos cambios no serán diferentes a los de las revoluciones tecnológicas de los dos últimos siglos: la sociedad podrá reinventarse y crear nuevas ocupaciones y actividades que satisfarán el deseo de las personas de trabajar, aumentar la calidad y cantidad de sus niveles de consumo y ocio.

Para el historiador económico, Joel Mokyr, el futuro contiene ocupaciones que nos parecerán tan extrañas como muchas de las actuales a nuestros abuelos. Nuestra falta de imaginación sobre los empleos del mañana es, en buena medida, responsable del pesimismo existente.

Aunque no tenemos una bola de cristal que nos permita ver el futuro, hay razones para ser optimistas siempre que seamos capaces de anticipar y gestionar los cambios de manera proactiva, eficiente y equitativa. La transformación tecnológica y digital es una auténtica oportunidad en la historia de la humanidad, pero también un enorme reto. Como se detalla en una panorámica reciente de BBVA Research (http://goo.gl/g58OZz), de momento no hay bases para afirmar que afecte al desempleo a nivel agregado. Pero está teniendo ya efectos disruptivos sobre otros ámbitos del mercado de trabajo, como la polarización por ocupaciones y tareas que van desapareciendo frente al crecimiento de otras que requieren nuevas habilidades y que generan una brecha salarial entre trabajadores, con consecuencias redistributivas.

¿Qué sabemos por el momento? Desde comienzos del siglo XX, el progreso técnico ha permitido duplicar la renta per cápita aproximadamente cada cuatro décadas sin aumentos del desempleo. Por ejemplo, la tasa de desempleo en Estados Unidos se sitúa hoy en 4.3% frente a 4.5% de principios del siglo pasado y con un porcentaje de ocupados sobre la población en edad de trabajar muy superior al de entonces, gracias entre otras razones, a la incorporación de la mujer al mercado de trabajo.

Frente a la previsión de Keynes en 1930 de que para mantener el pleno empleo sólo podríamos trabajar 15 horas semanales, el descenso de las horas de trabajo, hasta 35 o 40 horas semanales actuales, tiene más que ver con el deseo de aprovechar el crecimiento de la renta disponible para aumentar el tiempo y la calidad del ocio, a medida que también lo hace el consumo de nuevos bienes y servicios. Durante décadas hemos asistido a un cambio estructural significativo. En 1900, 41% de empleo en EU y 64% en España estaba en la agricultura. Luego, 100 años más tarde estos porcentajes han caído a 2% y cerca de 4%, respectivamente.

La evidencia más reciente indica unos efectos mixtos, al menos a corto y medio plazo, que son difíciles de separar de otros cambios como la globalización o las respuestas de las políticas públicas. Tenemos evidencia de que la robotización destruye unos empleos mientras crean otros y aumenta la productividad, con efectos muy heterogéneos por industrias, ocupaciones y países. Aunque no pueda concluirse una relación causa-efecto, los países con mayores tasas de robotización tienen menores tasas de desempleo a nivel agregado.

También llevamos tiempo observando que, a pesar del aumento de la oferta relativa de trabajadores con educación superior, sus salarios crecen más rápidamente que los del resto de ocupados. Las nuevas tecnologías benefician a los trabajadores que realizan tareas no rutinarias y abstractas, sustituyen fundamentalmente a los que ejecutan tareas rutinarias y apenas afectan a los que realizan tareas manuales y no rutinarias. Sin embargo, esta polarización del empleo y de los salarios no necesariamente implica mayor desigualdad. De hecho, se observa una enorme heterogeneidad entre países. Algunos en los que la cuarta revolución industrial se encuentra más avanzada tienen los menores niveles de desigualdad.

El reto para los ciudadanos, empresas y gobiernos consiste en potenciar y aprovechar de manera inclusiva todas las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías en términos de bienestar y prosperidad. Al mismo tiempo, se debe asegurar que la transición entre empleos que se destruyen y crean sea lo más eficiente y equitativa posible.

Para que este proceso tenga el mayor apoyo social, no se frene el progreso y no se busquen falsas soluciones populistas, hay que compensar a los perdedores con los enormes beneficios que generan los avances tecnológicos, protegiendo a las personas y no a los puestos de trabajo que quedan obsoletos.

BBVA Research