El 5 de agosto de 2013 se reunieron en Londres miembros de los medios de comunicación y críticos culinarios para probar una hamburguesa. Ese pedazo de carne (que comieron ante las cámaras, sin pan ni condimentos) no era como cualquier otro. Eran células de vaca cultivadas en un laboratorio.

 

Una de las expertas en gastronomía, Hanni Ruetzler, no pudo ocultar un cierto recelo al probar el bocado. Otro más, Josh Schonwald, expresó: “echo de menos la grasa, es muy magra. Pero en general, se siente como una hamburguesa común y corriente”. Luego agregó que había sido una experiencia un tanto “antinatural”, pero la razón estribaba en que, dijo, “hacía mínimo 20 años que no probaba una hamburguesa sin cátsup o jalapeños”. El cerebro detrás de la carne cultivada es Mark Post, profesor de fisiología vascular en la Universidad de Maastricht, y quien promete transformar radicalmente el mundo como lo conocemos…

 

En efecto, una de las expertas en probar por primera vez la carne cultivada (llamada también carne celular) se mostró un poco renuente al principio. Es el llamado “efecto yak”, o sea, una especie de prurito al comer carne hecha en laboratorio. Helen Breewood, quien trabaja como investigadora con Post, zanjó la cuestión: “mucha gente puede considerar al inicio repulsiva la carne cultivada, pero si consideraran lo que está presente en la producción normal de la carne en un rastro, creo que encontrarían que también eso es repulsivo”.

 

Aquí no hay que matar a ningún ser vivo. Y las implicaciones son cautivadoras. Empecemos por el sabor, que es lo menos importante. La carne de laboratorio irá adquiriendo más sabor, hasta que esa no sea una objeción para nadie. Se le podrá añadir grasa, por ejemplo, para que sea jugosa y más deleitable al gusto, y podrá obtenerse solo con hacer una biopsia indolora a un animal (una simple muestra puede ser utilizada para “crear” 20 mil toneladas de carne), sin mayor intervención contra su derecho a vivir y a no sufrir maltratos, que es la objeción de conciencia de cada vez más animalistas en el mundo.

 

La organización People for the Ethical Treatment of Animals (Peta) declaró recientemente: “la carne cultivada en laboratorio significará el final de camiones llenos de vacas y pollos que son maltratados, y de los mataderos y granjas industriales. Reducirá las emisiones de carbono, conservará agua y hará más seguro el suministro de alimentos”.

 

Por medio de la edición genética y de la asombrosa técnica de CRISPR (que además promete en un futuro eliminar las enfermedades hereditarias), se le podrá añadir, por ejemplo, omega 3 a la carne cultivada, para que sea completamente saludable. Eventualmente esa comida será más sabrosa que los sustitutos actuales de la carne, y mucho más económica.

 

Y siguen los asombros: la tecnología llegará a tal nivel de sofisticación, que se podrá saber qué nutrientes específicos necesita cada individuo, para que la comida se diseñe de forma personalizada, y esto no será solamente para los ricos, sino que estos avances llegarán, idealmente, a todas las capas de la población.

 

"Creo que la mayoría de la gente no se da cuenta de que la producción actual de carne está en su punto máximo y no va a ser suficiente para la demanda en los próximos 40 años, por lo que sin duda debemos encontrar una alternativa. Y esta puede ser una forma ética y ecológica de producir comida", explicó el Marc Post.

 

Por la producción de alimentos se emiten ingentes cantidades de gases de efecto invernadero, sobre todo el metano. Pero también es intensiva la utilización de agua y tierras cultivables: el 70% de éstas se dedican a la alimentación de los animales que serán sacrificados. “Literalmente nos estamos comiendo el planeta”, dice Lauri Reuter, científico finlandés que trabaja con los últimos avances en tecnología alimentaria en su gélido país, en donde logra cosechar prácticamente cualquier cosa en cualquier época del año”.

 

“Si no cambiamos nuestros hábitos, nos enfrentaremos a un futuro en el que no haya más comida. Hemos cruzado muchas líneas: el ciclo del nitrógeno, la biodiversidad (estamos en la sexta ola de extinción más grande de la historia del planeta) y el cambio climático, y quizá no haya vuelta atrás”, enfatiza Reuter, uno de los cerebros que participa en estos días en Puerto Vallarta en el Summit de Singularity University. “Y todo esto está directamente relacionado con nuestra producción de alimentos: los fertilizantes de nitrógeno, la utilización de los mejores suelos para producir nuestra comida: todo esto está matando la vida”.

 

La comida celular ayudará a regenerar la biodiversidad del planeta. Las grandes extensiones de monocultivos son el principal enemigo de ésta. Gracias a la técnica del cultivo celular, algunas especies de moras que estaban en peligro de extinción se han regenerado. Y eso es solo el comienzo.

 

Actualmente Finlandia, Suecia, Holanda, Canadá o Emiratos Árabes Unidos, países con climas extremos y donde no se podía cultivar en ciertas épocas del año, están produciendo comida sin apenas huella alguna de carbono. Hay firmas que ya están comercializando carne hecha completamente de células cultivadas, a niveles que pronto serán masivos. Pat Brown realizó el reto de la “hamburguesa imposible”, hecha con carne vegana pero que sabe exactamente a carne normal (ya se vende en más de 3 mil restaurantes). Llegaremos a un punto en el que no vamos a saber cuál es cuál. Un pedazo de trigo, de pollo o carne sabrá exactamente igual (si eso es lo que se quiere), sea que provenga de células cultivadas, de verduras o de origen animal.

 

Los invernaderos de última generación utilizan LEDs y están alimentados sólo con energía solar o geotérmica. Están dirigidos por Inteligencia Artificial que va aprendiendo para mejorar cada proceso. Eso elimina por completo la variable del origen de las cosechas. Afuera del aeropuerto de Dubai ya existen invernaderos verticales que producen todas las verduras que se sirven en los aviones. Antes tenían que llevarlas de Europa.

 

Los biorreactores, donde se puede cultivar la comida celular, y que se alimentarán exclusivamente de energía solar, verán sus precios caer a tal grado que cualquier persona podrá tener uno en casa. El huevo y el pollo pronto podrán ser cultivados sin intervención animal, con lo que, en palabras de Reuter, “se solucionará por fin el milenario dilema de qué fue primero, el huevo o la gallina”.

 

Pero más allá de que resulte simpático, tenemos la posibilidad de superar la amenaza a la supervivencia de la raza humana. “Todo esto puede sonar demasiado raro, peligroso o no ético; y lo entiendo”, señala Reuter. E invita a pensar en la mayoría de las especies que hemos mejorado genéticamente a lo largo de las centurias, como las zanahorias, el arroz, el maíz o el trigo. Y lleva su análisis al extremo al explicar que, en última instancia, las plantas y todo lo que existe está hecho de oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno, y que de estos elementos se puede obtener comida también, alimentando microorganismos con ellos. En Finlandia ya están cosechando harina de trigo literalmente “del aire”, con 50% más proteína que la normal, utilizando 10 veces menos energía y 250 veces menos agua que para producir soya.

 

“Si podemos trasladar la producción de comida a los lugares menos fértiles, y escalarlo vertical en lugar de horizontalmente, podremos vivir en un mundo verde y alimentar a 11 mil millones de personas más. Si desvinculamos la producción de comida del medio ambiente, en realidad ya no vamos a necesitar a la Tierra para eso”. En otras palabras, la podremos dejar en paz para que siga reproduciendo su pródiga y exuberante biodiversidad, que tanto hemos amenazado con nuestro paso por el planeta.

 

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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