En el 2013 el IMSS había caído técnicamente en quiebra. Sus ingresos no alcanzaron por varios años para cubrir sus gastos y, como ha sucedido con otras paraestatales, el Erario tuvo que inyectarle con nuestros impuestos recursos de decenas de miles de millones al menos tres años consecutivos para cubrir el faltante.

Su anterior titular, José Antonio González Anaya, antes de irse a dirigir Pemex, empezó a poner orden y avanzó bastante en reducir el margen diferencial de pérdida; el camino ya estaba bien encarrilado y en el último año Mikel Arriola logró darle la vuelta a los números rojos. Terminó concretando el equilibrio.

En el 2016 la quiebra técnica del IMSS logró voltearse y financieramente no sólo se alcanzó un equilibrio entre entradas y salidas, sino que el IMSS alcanzó un superávit por cerca de 7,000 millones de pesos. Fue obtenido gracias sobre todo al aumento inesperado en el número de aportantes, es decir el incremento en cuotas por mayor número de afiliados, y gracias a la presión fiscalizadora del IMSS.

Por ahora el IMSS puede presumir de equilibrio financiero, ésa es la buena noticia. Pero la mala es que ese equilibrio es bastante frágil. Y no puede dejar de serlo mientras el instituto siga arrastrando un nivel de deuda inconmensurable por pensiones y jubilaciones. Porque, y ésa es la peor noticia, ese nivel de pasivo por pensiones sigue en ascenso; crece a niveles increíbles de doble dígito.

Anteriores gobiernos tuvieron la oportunidad de arreglarlo cuando el país estaba en plena expansión, y no lo hicieron; no asumieron la responsabilidad y no le pusieron un freno cuando nos hubiera resultado mucho menos caro. Como todo se decidía en función de si había o no costo político, prefirieron dejárselo al gobierno siguiente y el otro al siguiente y el siguiente al siguiente. Es la causa de que esa deuda se multiplicara.

Hoy ese enorme pasivo del IMSS suma 2 millones de millones de pesos. Son recursos que se le deben a 270,000 personas, a jubilados que en un país con 50 millones de pobres reciben canonjías de lujo. Son personas con 54 años promedio o sea que hay muchos que son más jóvenes y jubilados y que reciben 25,000 pesos mensuales en promedio.

No conforme con la grave situación económica del instituto, las anteriores administraciones permitieron que en la negociación salarial con el sindicato se incluyera las pensiones. Los jubilados del IMSS han venido recibiendo las mismas canonjías que los activos al ser incluidos en la negociación del contrato colectivo. Lo peor es que en esas concesiones el IMSS no recibía nada a cambio. Eran esas negociaciones oscuras donde reinaba el corporativismo.

No es de a gratis que el ritmo en que se eleva ese pasivo tan delicado es de 10% anual. En cinco años se duplicó. Del 2013 al 2018 el ritmo de crecimiento habrá pasado de 40,000 millones a 80,000 millones de pesos anuales. Y la cruda realidad es que conforme las proyecciones del IMSS, su pasivo de pensiones no dejará de crecer hasta el 2035.

Las autoridades de hoy deben tener claro que eso ya no podrá repetirse. Mikel Arriola ha repetido que la máxima prioridad es consolidar ese delicado equilibrio financiero del IMSS, y como parte estratégica de ese objetivo tendrá que suavizar esa joroba pronunciada que forma la curva del pasivo por pensiones.

Debe evitarse a toda costa el gran riesgo de que en años próximos pudiera llegar a dirigir el IMSS una persona que no tenga el conocimiento y el pulso financiero para manejar ese frágil equilibrio, y puede tirar por la borda en pocos días lo logrado en los últimos años.