Es imperativo que el país aproveche la oportunidad para tomar medidas que contribuyan a mejorar la competitividad y capacidad de crecimiento.

La discusión de los temas trascendentales se ha vuelto superficial y dogmática. Esta recesión política es uno de los obstáculos para crecer.

A pesar del estancamiento en el crecimiento de la economía global y un riesgo de desaceleración no despreciable, la economía mexicana se encuentra en una coyuntura favorable a nivel internacional.

No obstante, es imperativo que México aproveche esta oportunidad para tomar medidas internas que contribuyan a mejorar la competitividad y capacidad de crecimiento que sigue siendo limitada por factores domésticos -la presencia de monopolios públicos y privados que implican costos elevados de servicios básicos como telefonía y energía; un alto nivel de corrupción institucional y, en algunas partes del país, un clima de violencia que amenaza el Estado de Derecho.

México lleva prácticamente dos décadas atrapado en un círculo vicioso donde las posturas políticas se han polarizado y alejado de la sociedad, creando una especie de recesión política. La percepción de la gente, que no está muy alejada de la realidad, es que la clase política ha velado por sus intereses y por perpetuar su modus vivendi, llegando al extremo en el que sólo hay capacidad de acuerdos cuando el motivo va en línea con estos objetivos.

Hasta ahora, las alianzas electorales han sido muy comunes, pero las alianzas para gobernar no han fructificado. La discusión de los temas trascendentales se ha vuelto superficial, dogmática e inconsecuente. Esta recesión política se ha vuelto uno de los principales obstáculos del desarrollo de nuestro país.

El reto principal del nuevo gobierno y las fuerzas políticas de oposición es mostrar la suficiente madurez política para romper esta inercia y enfocarse en atender los retos clave que enfrenta México.

El reciente Pacto por México, firmado por los tres principales partidos políticos, podría ser un parteaguas en la manera de hacer política de los últimos 20 años. No quiero ser demasiado optimista porque lo normal es que los partidos políticos solamente firmen pactos que están dispuestos a romper. No obstante, tener pacto es mejor que no tenerlo.

México tiene casi todo para crecer a las tasas necesarias para convertirse en una de las siete u ocho economías más grandes del mundo.

Nuestro país cuenta con un entorno macroeconómico sumamente estable, finanzas públicas sanas, un marco regulatorio amigable a la Inversión Extranjera Directa, una situación geográfica privilegiada y un gran mercado doméstico cuyo poder adquisitivo está creciendo de manera paulatina, pero claramente insuficiente.

En estricta teoría económica, los principales factores que impulsan el crecimiento económico de un país son tres: el capital, el trabajo y la productividad.

Por un lado, México goza, desde hace más de una década, de un bono demográfico que nos dota de un fuerte crecimiento en la fuerza laboral.

Por otro lado, el capital tampoco ha sido obstáculo para el crecimiento, ya que la oferta de recursos para inversión ha crecido de manera constante gracias al fuerte incremento del ahorro interno y la relativa estabilidad de la Inversión Extranjera Directa.

El principal problema de México es que con la excepción de algunos sectores, como la manufactura, la productividad lleva dos décadas estancada gracias a un marco regulatorio viciado y anacrónico en varios sectores claves -energía, educación y telecomunicaciones, por nombrar algunos - que fomenta la búsqueda de rentas en lugar de la competencia.

Si México quiere convertirse en potencia económica, la productividad tiene que mejorar y nuestra clase política tiene que privilegiar los acuerdos y empujar cambios, aunque éstos seguramente vulnerarán los intereses de algunos grupos de poder.

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