El gobierno de Enrique Peña Nieto tiene la peor evaluación presidencial en la historia; al menos cinco exgobernadores priistas están encarcelados por malos manejos, y hay varios que si no están en la cárcel es sólo por la gracia de algún escape legal. Aun así, ese partido habría retenido el domingo pasado las gubernaturas del Estado de México y Coahuila. (Hasta ahora).

¿Cómo entender ese resultado? Sin duda hay factores como la existencia de una base de voto duro priista o el uso de recursos públicos antes y durante la contienda. A eso habría que sumar la habilidad que tuvo el PRI para convertir la elección del Edomex en un plebiscito anticipado sobre la posible presidencia de Andrés Manuel López Obrador.

Con el apoyo de videoescándalos y un oportuno pleito con el gobierno venezolano de Nicolás Maduro, el PRI hizo que la elección se tratara más de Morena que del transporte público mexiquense; se habló más de la Revolución Bolivariana que de las acusaciones de corrupción por obras públicas en ese estado, y no fueron pocos los que llegaron a la conclusión de que era mejor votar por el PRI, a pesar de todo, con tal de impedir el triunfo anticipado de López Obrador.

Este resultado es muy bueno para los priistas; primero, porque les permitirá dormir mejor a muchos funcionarios y exfuncionarios de esa entidad; es clave porque significa que seguirán gobernando el estado con el mayor número de votantes en todo el país; y sobre todo es estratégico porque le permitió al PRI confirmar que el temor a López Obrador como el gran peligro para México es todavía rentable para conseguir votos.

A partir de ahora el fantasma de Hugo Chávez y su legado seguirán entre nosotros porque así lo necesitan el gobierno y el PRI. La crisis económica venezolana, su autoritarismo y la falta de democracia serán temas recurrentes como vacunas ante el evidente crecimiento de Morena. Da igual incluso si la gestión de AMLO como jefe de Gobierno de la Ciudad de México fue en realidad muy conservadora y afín a varios grupos de la IP, pues en la propaganda se insistirá una y otra vez en que el populismo puede acabar con México. (Aunque digan eso mientras reparten tarjetas con miles de pesos.)

Seguir ese camino como estrategia puede ser efectivo para el partido en el gobierno, pero será muy malo para el país. Porque en vez de hablar de los problemas actuales estaremos discutiendo lo que nos podría pasar; porque en lugar de reconocer la corrupción y la pobreza que enfrentamos, estaremos divididos en eternas discusiones sobre si López Obrador es igual o peor que Hugo Chávez.

La fórmula de aquí al 2018 para el PRI ya está cantada. Ahora falta ver qué decide nuestra Iniciativa Privada. El gobierno y el PRI ya movieron sus piezas y muy pronto habremos de saber cuál será la respuesta del sector privado.