Podría decirse que el síndrome –o si se quiere la debilidad- de incurrir en gastos excesivos por arriba de los ingresos es universal. Son presa de esa tentación, en algunos casos irrefrenable, tanto los gobiernos como las empresas y los particulares.

La brecha que se abre entre ingresos y desembolsos sólo puede cubrirse con endeudamiento.

Lo anterior ocurrió en México durante los gobiernos de Echeverría y López Portillo. Pero es bien sabido que nadie experimenta en cabeza ajena. Tan es así que esa misma práctica endeudadora es en la que incurrieron recientemente los gobiernos de Grecia, España, Portugal y Hungría.

La universalidad del síndrome se me reveló una vez más el martes pasado, al revisar la prensa. En paralelo con la nota Eurozona lanza ultimátum a Grecia (El Financiero), en otros diarios de la referida fecha aparecen reportajes semejantes en relación con el crédito al consumo: El fantasma del no pago de regreso en las tarjetas (Excélsior) e Ignoran la advertencia por crédito en efectivo (La Razón).

El impulso común, ya se ha dicho, es la tentación de gastar por arriba de los ingresos. Pero hasta aquí los paralelismos. Frente a la responsabilidad por las deudas y su posibilidad de pago, hay diferencias importantes

entre gobiernos y particulares.

Se ha dicho por mucho tiempo: Los gobiernos no quiebran y, en algunos casos, ese espejismo impulsó el otorgamiento de créditos excesivos a algunos países. El caso de Grecia podría ser incluido en este patrón.

Aunque los gobiernos no puedan quebrar, de todos modos están obligados a liquidar sus adeudos y para hacerlo tienen que apretarse el cinturón por un tiempo largo, con el objetivo de generar los excedentes necesarios que cubran los adeudos.

Así le hizo México después de 1982, cuando López Portillo se fue a su casa. Para eso mismo son las reformas que tendrá que aplicar Grecia.

Una de las más importantes diferencias entre las deudas gubernamentales y en las que caen los particulares es que, en el caso de las primeras, los tiempos políticos no coinciden con los tiempos financieros. Los gobernantes que contratan las deudas terminan sus periodos electorales y se van a su casa mientras que los países se quedan con las deudas que luego tienen que pagar con sudor y sangre.

Incidentalmente así ocurrió recientemente en México, con Fidel Herrera en Veracruz y muchos otros gobernadores.

[email protected]