Durante los años 60 y 70 la UNAM lanzó un programa muy ambicioso de becas al extranjero. El rector Barros Sierra y sus sucesores continuaron el esfuerzo por solamente una razón. Era la mejor manera de profesionalizar a sus maestros y de no quedarnos mirando unos a otros el ombligo con nuestras discusiones locales, sin ver qué se estaba discutiendo y qué se estaba avanzando en el mundo en todas las ramas del conocimiento.

Se hizo famosa la frase de don Jesus Silva Herzog: “jóvenes, si el enemigo son los países desarrollados, hay que irlos a conocer en su casa” y con ese argumento incitaba a sus alumnos a que fueran a estudiar al extranjero para mejorar la calidad y el nivel de estudiantes que vendrían a ser maestros o funcionarios públicos o empleados y emprendedores de una clase que también tenía que ser mejor y más profesional.

A esas becas y a esos viajes a estudiar en el extranjero debemos la calidad de científicos, doctores, ingenieros, arquitectos, abogados y economistas que son reconocidos en todo el mundo y que nos permiten participar con la NASA o con hospitales de calidad mundial en investigaciones en todas las ramas del conocimiento.

Por eso no se entiende la andanada que lanzó el presidente contra los que estudian en el extranjero, porque como dice: “en esas universidades del extranjero sólo les enseñan a robar”. ¿Quién es el enemigo? Es el conocimiento, son las universidades extranjeras, es la sola posibilidad de poder ir a estudiar en el extranjero. No se entiende de verdad, con quién quiere congraciarse o a quién quiere complacer con una declaración así.

El presidente es famoso por despreciar el conocimiento y se nota en las decisiones que toma y es palpable su simplismo para abordar los problemas y peor aun las soluciones. Sabemos también que detesta las cifras y el conocimiento técnico, pero en la poca capacidad de asombro que me queda con el señor Presidente, no me puedo explicar de donde concluye que en esas universidades sólo les enseñan a robar a los mexicanos que asisten a ellas.

Si eso fuera cierto también los hindúes, los alemanes, los alumnos de tantos países que quieren salir del subdesarrollo que mandan con enormes esfuerzos a sus jóvenes para lograr el desarrollo y la igualdad, caerían en esa acusación.

Lo peor es que en su equipo ese desprecio por la lectura y el conocimiento se multiplican. Un tal Marx, (debe ser difícil vivir con la carga de ese nombre) director de contenidos de los libros de la SEP, acusa a quien lee o tenga libros de ser un capitalista ambicioso y un consumista capitalista. De nuevo, ¿quién es el enemigo? Queremos entonces un pueblo ignorante, pueril y fanático. Puede que si. Que el objetivo es tener a millones así, pero que sean felices. Nada más, pero nada menos también.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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