Al término de la guerra entre las dos Coreas en 1953, Corea del Sur era uno de los países más pobres del mundo de acuerdo con los organismos internacionales de la época. Era un país mal alimentado y con una problemática importante en temas de salud pública. Su industria era prácticamente inexistente y las heridas de la guerra permeaban en la moral de la población que, de algún modo, había sufrido la división de su territorio y la separación de familias enteras de uno u otro lado del paralelo 38.

Hoy en día hablamos de “el milagro coreano” y nos referimos a él como el sorprendente crecimiento económico alcanzado por Corea del Sur en las últimas cuatro décadas y que hoy la posiciona como una de las economías más dinámicas y sólidas a nivel mundial. Para entender la competitividad coreana, se tienen que observar tres elementos que se repiten en la mayoría de sus empresas: educación, innovación e investigación. Desde un inicio, Corea entendió que sólo a través de la educación de su gente podría aspirar a un crecimiento sostenido. Los técnicos, los ingenieros y arquitectos coreanos formados en aquellas circunstancias tan precarias fueron clave para la consolidación del modelo exitoso.

Por otro lado, el éxito coreano se ve reflejado también en dos tipos de empresas que coexisten y comparten los beneficios de su crecimiento. Los grandes grupos familiares conocidos como “chaeboles” y el gran número de empresas medianas y pequeñas que participan exitosamente en las cadenas de proveeduría de las mayores industrias coreanas. En el caso de las primeras, empresas como Samsung o Hyundai avanzan firmemente en los mercados internacionales manteniendo una estructura familiar que hereda en generaciones el control del grupo y su toma de decisiones.

Cabe señalar que empresas con esta estructura familiar también han heredado sus costumbres que hacen énfasis en el orden, el interés por el bien común y, sobre todo, el respeto a las jerarquías. Pensar en este tipo de estructuras en Estados Unidos o Europa es inviable en estos días y no es reflejo de las empresas más exitosas de aquellas regiones; sin embargo, en Corea funciona bien.

En lo referente a la participación gubernamental, han logrado un equilibrio que, sin duda, se ha traducido en la implementación de políticas públicas atinadas que hacen que el empresario coreano no solamente sea exitoso en Corea, sino que lo han llevado a incursionar en procesos de internacionalización que actualmente colocan a Corea del Sur como la economía número 10 a nivel mundial y con empresas líderes apoyadas en diseño, imagen, marcas y tecnología que tienen presencia global.

México y Corea son países amigos, con grandes coincidencias sobre temas mundiales. Podemos decir que en Corea hoy se vive un gran interés por conocer más de nuestro país: de su comida, su cultura y de sus lugares turísticos. Además, ya existe un vuelo directo entre ambos países, lo que —sin duda— impulsa la generación de negocios con México.

Aun cuando la relación comercial bilateral entre México y Corea se ha consolidado en los últimos cinco años con la llegada de KIA Motors a Nuevo León, la participación coreana va mucho más allá y tiene presencia en varios sectores de la industria y regiones del país. Como ejemplos, podemos ver el caso de Samsung en Querétaro, donde es uno de los principales empleadores del estado. También tenemos el ejemplo de LG en Reynosa que —junto con la planta de Samsung en Tijuana— colocan a México como uno de los principales exportadores de pantallas planas a nivel mundial. Además, hay presencia importante de la industria del acero con empresas como Posco.

hoy en día, el intercambio comercial entre ambos países supera los 19,000 mdd. Sin embargo, este país amigo de apenas 100,000 km2, con una población de 52 millones de habitantes y que importa 80% de todos sus insumos, representa para México una oportunidad de diversificar nuestros mercados y de encontrar en las empresas coreanas verdaderos aliados que gustan de las alianzas estratégicas o joint ventures.

Corea representa hoy para México su sexto socio comercial y el número nueve en materia de inversión extranjera directa. Podemos esperar que la relación se consolide más en el futuro; sin embargo, es importante que México aprenda también de otras cosas que los coreanos han hecho bien y se multipliquen los casos de éxito en materia de cooperación tecnológica, que se establezcan mayores centros de investigación y desarrollo coreanos en México y que existan más intercambios educativos entre ambos países.

Por lo pronto, la relación seguirá creciendo, la inversión coreana seguirá contemplando a México y los empresarios mexicanos pueden estar seguros de que este pequeño país es un cliente potencial enorme para nuestros productos.

*El autor es consejero de ProMéxico en Corea.