Emocionados, casi hasta las lágrimas, algunos priistas consideran que el regreso del Chapo a Almoloya puede ser el relanzamiento del gobierno de Enrique Peña Nieto después de 18 meses fatales que comenzaron con la Casa Blanca, siguieron con la desaparición de 43 estudiantes y remataron con la fuga del Chapo para conformar la peor caída en popularidad de un presidente desde que ser popular se volvió importante y medible. Años atrás a nadie le importaba la popularidad del presidente, mucho menos al propio mandatario; por supuesto, tampoco importaban las elecciones, que eran un mero trámite. Hoy la popularidad afecta poco el ejercicio del poder pero mucho el resultado electoral: un gobierno impopular arrastra, generalmente, a su partido a la derrota, aunque tampoco se pueda decir que sea una regla. De ahí la emoción de los correligionarios del presidente que consideran que este golpe los puede revivir en las encuestas.

¿Se puede reconstruir la imagen del presidente a partir de la recaptura del Chapo? Difícilmente. Por más que el cuerpo diplomático haya operado para que el mismo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, felicitara a Peña por la exitosa captura, nadie, salvo este gobierno, puede esperar que le aplaudan por haber pegado lo que ellos mismos rompieron.

Hay un grupo que jamás aprobará nada de lo que haga el presidente, son capaces incluso de hacer apología del Chapo Guzmán con razonamientos tan simplistas y burdos como el enemigo de mi enemigo es mi amigo, como si la disyuntiva fuera estás con el presidente o con el Chapo. Esos nunca estuvieron con el PRI y nunca aprobaron al presidente. Esos no son el mercado meta.

El objetivo, y la esperanza de la presidencia es modificar la imagen entre quienes comenzaron aprobando a Peña Nieto y con el paso del tiempo cambiaron de opinión. Pero, incluso para ellos, el que el Estado regrese a la cárcel a quien nunca debió haber salido, tampoco es suficiente. La marca del gobierno de Peña, que a estas alturas parece ser ya indeleble, es la corrupción. Más allá de la Casa Blanca, el hecho de que el Chapo vaya y venga de Almoloya a su rancho y de su rancho a Almoloya sin que un solo funcionario de alto nivel haya sido procesado por corrupción o siquiera despedido por inepto es un pésimo mensaje. La preocupación no es cómo regresó sino por qué se escapó. Las épicas historias de la inteligencia detrás de la captura no borran las patéticas explicaciones de la fuga.

La recaptura del Chapo no va pues a cambiar gran cosa la imagen del presidente, tampoco va a cambiar la realidad del narcotráfico ni la seguridad pública del país. Va a servir, en todo caso, para generar autoestima en un gobierno al que ya le urgía una buena nota para volver a creer en sí mismo.

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